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  • Autor de la entrada:Pernales del Castillo

‘La bola negra’ conmueve al público y encumbra —con anatomía masculina y lúbrica manierista— los impulsos homoeróticos de sus protagonistas mientras propaga la victimización y aboca a… pensar lo que no fue, sentir lo que no eres y creer lo que está mal.

La gran expectación por esta película y por el manoseo del poeta universal revelan el ideario en decadencia que de ella subyace. Se va prevenido a ver el largometraje, como cuando le toca al paciente desgraciado ir un examen de próstata. Y allí, como en consulta, la película no se hace tan larga. Su estética suaviza la fricción, pero el mensaje woke no deja de incomodar por la campaña a la que acostumbra la hegemonía cultural del cine. Es de esas películas que las ves venir, pero hasta que no la has visto, no eres consciente de su sutil presión doctrinal. El binomio Almodóvar-cine ya no sorprende: se entra al nihilismo por los genitales, y se sale engordando las cuentas y con los premios, los que también acumularán los Javis. Si a la lascivia hedonista del director (aquí productor) le sumamos la instrumentalización del poeta, basta con ponerse de cuclillas a esperar la auscultación.

Pensar lo que no fue. La cinta aboca a pensar que fue una guerra entre el libertad sexual y mojigatería o una lucha por la autopercepción y en contra de ella. Sin embargo, y simplificando, fue una guerra lanzada por el Estado para frenar la insubordinación rural-popular. Con las ideologías se dividía a la gente entre totalitarismos. En sus primerísimos planos de fetiche anatómico, el trasfondo de la Guerra Civil se disuelve en la manida disputa de dos bandos. En ese segundo plano se cuela el enfrentamiento entre el ejército sublevado y la República, ocultando la auténtica voluntad modernizadora del régimen republicano para someter a las clases populares y el mundo rural. Centenares de pueblos se levantaron en los años treinta en defensa de su soberanía en concejos y para la recuperación del comunal. Esas gentes resistían al capitalismo frente a su proletarización. Durante el bienio azañista, esos levantamientos fueron reprimidos con centenares de muertos a manos de la Guardia Civil.[1] El frente de izquierdas desarmó al pueblo pocos años antes de la guerra. Con la República desbordada por la defensiva popular la voluntad de poder del Estado derivó en intervención del ejército.

Tan sutil es la trama que sugiere pensar que la represión a la libertad sexual debió de ser una de las causas de la guerra fratricida, y queda para el imaginario victimista la dureza de una represión sexual. Sueltan la bola y, ¿qué más da si fue cierto con tal de que encaje en un sistema de ideas? Ya rueda el relato falaz y amoral que diviniza el sexo como mecánica hedonista para arrastrar gentes por sus partes pudendas. En la historia de la obra atribuida alevosamente al poeta, la hermana del protagonista invita a mayor victimización de la mujer, para más fuerza ideológica. A diferencia de hoy, la vida erótica de la sociedad tradicional era del ámbito de la libertad interior del individuo. Las clases populares no habrían sido homófobas ni misóginas. La mujer de la sociedad premoderna vivió con excelente vitalidad su participación en la vida social y comunitaria. La modernidad impuesta desde 1812 ordena el patriarcado con el código civil, el régimen actual actualiza su biopolítica con ese mismo fin de dominación y, engañosamente, proclama que libera con derechos.

Todo el victimismo incurre en una ideología que infantiliza a la persona y reduce la obra de Lorca a una reivindicación en el barrio madrileño de Chueca. El manuscrito sirve como excusa para inventarse que terminó la obra y, así, entrelazar en el guion tres historias cuyos motores son la búsqueda de realización erótica homosexual masculina. Curiosamente, la obra maestra y acabada de Federico revela una intensa fuerza erótica femenina y heterosexual. De sus tragedias rurales conocemos el sentido de la insatisfacción erótica de la mujer que, además, en Yerma (1934), desemboca en la locura y cólera violenta por infecundidad.

Sentir lo que no eres. Aboca a sentir que eres únicamente deseo, y según el sexo y la dirección, hacer sentir que eres víctima o culpable. Las escenas de la peli te adentran en la exaltación del cuerpo masculino. Con los soldaditos dodíforos atendemos al equilibrio de sus rostros y a la armonía de sus cuerpos. Para ser justos, la muerte se expone con hermosura y los desnudos no caen en la zafiedad, se hacen reales en la comparación entre los personajes de hoy. El único compromiso anal lo solicita por Grindr el protagonista contemporáneo, cuya vida sí se acerca a la realidad de descomposición familiar incitada por el progreso. De ello se extrae una penosa resignación ante una vida sin lazos afectivos que, sumida en la autoalienación, se vanagloria de disidencia rompedora al glorificar el sexo queer.

El cine por lo genital amputa al individuo para encerrarlo en la prisión de sus bajas pasiones y apetitos carnales, al tiempo que la ingeniería social lo castra. Esos apetitos deben ser orientados por la moral de la época. En la película, todo está calculado para neutralizar la pulsión heterobásica del varón hacia su complementariedad femenina. No hay feminidad positiva en las mujeres, salvo, tal vez, en la madre del poeta. Por el contrario, esa feminidad arquetípica se desplaza a los hombres, y la única muestra de belleza de una hembra aparece en la grosera cabaretera encarnada por Penélope Cruz. Se omite la gracia femenina ante el peligro de que un varón confirme su deseo hacia una preciosa actriz en plena fertilidad. Si la ideología que subyace es la victimización homosexual, la virilidad habrá sido señalada como la causante (masculinidad tóxica le dicen). Con esa suerte de propaganda el poder ya tiene la receta demoledora: la culpa inducida a los varones (también a los niños) que los consume en depresión, soledad y onanismo.

Creer lo que está mal. Aboca a creer implícitamente que la erótica homosexual es superior a la creadora de vida y que la heterosexualidad encierra dolor y nocividad. En ese ejercicio de ficción victimista se acude a la diatriba entre homosexualidad o no homosexualidad.  El amor de Eros se relaciona con la plenitud bajo la condición placentera. El amor como fuerza vital de unión al otro es más verdadero sin esa energía erótica condicionada al placer. Por paradójico que parezca, el amor en esa dimensión de entrega desinteresada alcanza mayores cotas de trascendencia y épica, ese papel lo encarna Rafael, el amado y fusilado. Es también cierto que la experiencia del encuentro y la entrega pueden transformar a los amantes…y de tal suerte he trocado/ que es mi amado para mí/ y yo soy para mi amado, dice Teresa de Jesús.

En esa transformación cualquier ser humano atesora la potencia de amor redentor, pero la obligación del instinto de supervivencia lleva a su plena realización a quienes engendran. Al borrar la complementariedad natural u omitir la sexualidad femenina, se cae en una sutil neomisoginia (hoy feminista o de género) que niega su potencia creadora. Así, la película incurre en el delirio maltusiano de nuestro siglo y aviva el derrumbe demográfico.

La realidad biológica de la mujer, por su complejidad erótica, eleva cualitativamente esta dimensión humana de mediación procreadora. Puestos a fabular, Lorca sublimaba la erótica femenina heterosexual por profunda y expansiva desde el coito hasta el amamantamiento, pues esta erótica es creadora de vida y fuente de amor. Por todo ello, sorprende la impactante aparición del poeta al final de la historia cuando alude a una supuesta escasez de relatos de amor en nuestra tradición. Las gentes vivían esas historias en virtud de una cosmovisión.[2] Será que los guionistas no cayeron en que el dramaturgo granadino conocía el teatro clásico y la lírica amorosa —desde las jarchas, cantigas y romances populares hasta la poesía erótica de la mística castellana—.

De verla de nuevo, no será por vicio sodomita. A riesgo de espantarme por la campaña ideológica, volveré a deleitarme con su excelente fotografía, y ya puestos, antes de pensar en lo que no fue, sentir lo que no soy y creer lo que está mal, relajaré el área pélvica en honor del séptimo arte —de moda—, para que from behind no duela la bola enorme de la ortodoxia woke.

[1] Bardají, Enrique (agosto de 2026). ¿Por qué los pikoletos han de desaparecer?
https://www.youtube.com/watch?v=biQHHrrEBGQ

[2] Rodrigo Mora, Félix (2012). Tiempo, historia y sublimidad en el románico rural. Potlach Ediciones.

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