Domingo, 16 Octubre 2022 10:05

DESINFECTARSE DE ORIENTALISMOS: EL CASO SADHGURU

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Un seguidor de esta página (Tombol) nos hace llegar de nuevo otra reflexión.

Y digo desinfectarse con conocimiento de causa, pues yo mismo he sufrido esa dañina consecuencia, y quién sabe si todavía no me quedan resquicios de aquella influencia. El asunto es que, desde aquellos años 60 en los que The Beatles promocionaron el “indian way of life” (1), Occidente no ha parado de sufrir las oleadas de corrientes orientalistas que han buscado moldear nuestra manera de pensar y entender la vida. Y si esas corrientes han calado de la manera en que lo han hecho en nuestras sociedades, es porque han encontrado un vacío o espacio en el interior de las personas que se podía rellenar.

No resulta extraño que se introdujeran primeramente a través del mundo anglosajón, el mundo que primero desarrolló la primera gran industrialización, el mundo que primero implementó el acoso y derribo de los valores humanos occidentales en base a políticas basadas en el materialismo más contumaz y en el individualismo más egotista.

Decía que, en su momento, fui infectado de la cosmovisión orientalista. Ésta me vino enlatada en un conglomerado de variopintos elementos, díganse imágenes idílicas de la estética y vida hinduista, idolatría de amplitud de gurús, lecturas de libros de autores occidentales que promocionaban el budismo y el taoísmo, nuevas costumbres o hábitos supuestamente espirituales (escuchar música new age, alimentación vegetariana, introducción de elementos como la ropa o el incienso como elementos de identificación personal), cursos relacionados con todo el mundillo, llamémosle, de “autoayuda”. Refiero todo esto porque he conocido de cerca lo que se movía por esos ambientes, y porque me empapé de toda esa visión que venía de fuera de Europa y con la que tanto me identifiqué.

De aquello hace ya más de 30 años, por tanto puedo afirmar que he podido observar la evolución de todo ese movimiento de orientalismos y he conocido la manera de funcionar de muchos guías y maestros que importábamos de aquella lejana cultura.

Viene todo eso a cuento porque el otro día me paré a visionar unos vídeos de un gurú hindú que al parecer tiene un éxito descomunal, el llamado Sadhguru (Jagadish Vasudev), y al que no conocía de nada. Tenía curiosidad por ver lo que este hombre aportaba de nuevo a lo que ya había conocido, y también quería conocer las razones por las que había sido elevado a los altares del Olimpo.

Lo primero que comprobé es que Sadhguru no dice nada nuevo, prácticamente no aporta nada personal en su discurso, al igual que tampoco lo aportó el fallecido gurú Osho. Ambos se han basado en el pensamiento de otros, en la filosofía de otros, en el conocimiento de otros. Eso significa que este gurú no trae ninguna visión nueva, lo que sí trae es su estilo personal para contarlo. Más específicamente, sus planteos proceden de filosofías hinduistas, ciencia moderna (incluida física cuántica), y seguramente el conocimiento de pensadores, psicólogos y oradores de la contemporaneidad, muy puestos en material de “trabajo de crecimiento interior”. Es decir, todo es material prestado, nada original. Sus propuestas de acción se centran en la llamada “ingeniería interior”, unos cursos basados en el yoga, la meditación y otros ejercicios de concentración y autodisciplina.

En definitiva, quise saber más del porqué la gente se postraba ante este señor como quien cae rendido ante la imagen del mismísimo Buda, y seguí indagando. Comprobé que Sadhguru dominaba el arte de la oratoria como buen gurú que se precie, haciendo uso de una voz relajada, empleo de anecdotario y parábolas, utilización del sentido común en sus reflexiones. Hay que recordar que en la India se han desarrollado hábitos muy trabajados en temas de oratoria, incluso hacen (o solían hacer) concursos anuales de debate sobre temas espirituales. No es de extrañar que un hindú domine, a su manera, este arte que es el hablar y el transmitir oralmente (p.ej. Sadhguru usa técnicas de control mental, constantemente te habla de la felicidad, empleo de bromas, imagen mística, alusión a la iluminación, promesa de alejamiento del dolor y el sufrimiento, se vende como “tecnología espiritual” para el bienestar).

A pesar de los logros formales referidos, busqué comprender mejor el explosivo éxito de Sadhguru, la embriaguez devocional que provocaba. Porque he concluido hace tiempo que es insano que nuestra “salvación mental” dependa de otra persona. Porque me resulta tóxico que otro ser sea el que te catapulte a la alegría y la dicha. Porque encuentro nocivo que mi admiración hacia un guía espiritual sea el motor de mi vida.

Y ahí mismo encontré la primera clave. Esa actitud de sumisión hacia un guía espiritual sólo es posible encontrarla en personas con escasa confianza interior, con problemas físicos o mentales realmente perturbadores, con vacío existencial profundo, con necesidad de palabras amables y bonitas que te reafirmen de alguna manera en lo que ya crees (y que vete a saber de qué procedencia). En efecto, Sadhguru hace el papel perfecto de un gurú-estereotipo, muy perfeccionado, pues su buenismo es extremo, su papel de anciano bondadoso y amable lo realiza impecablemente, te permite ir a la cama feliz y contento… Eso sí, tendrás que tener fe ciega en él, amarlo locamente, confiar en que sólo con su “maná” tu vida será plena y dichosa…

Pienso que los seguidores de Sadhguru caen en lo que siempre ha caído el humano que busca que algo ajeno a él mismo le resuelva los problemas. Buscar las soluciones a nuestra vacía existencia en individuos a los que idolatrar no es más que un parcheado ante una necesidad más profunda de responsabilizarnos de nuestra propia vida y de la forma de realizar nuestra relación con los demás. Eso lo aprendí con los años, entregar tu poder de decisión y entendimiento a otra persona es en realidad someterse a esclavitud interior, por mucho que los mensajes que te transmita sean muy positivos. Entiendo que haya mucha gente a la que este gurú haya cambiado la vida, de hecho a todos los que siguen a gurús o guías o maestros les ha cambiado la vida.

Delegar la responsabilidad de nuestra vida en un gurú, o en una institución, o en el Estado, es lo mismo. Es lo que el ser humano lleva haciendo, en grado superlativo, en su mayoría, los últimos doscientos años. Es lo que nos ha llevado a los acuciantes problemas, tan sombríos, personales y colectivos, que nos acechan hoy día.

La ceguera que provoca Sadhguru en sus acólitos les impide observar los elementos oscuros en los que se mueve: La riqueza que lo rodea, muy al estilo del fallecido Osho, con propiedades y riquezas abundantes (también en EEUU) impropias de un ser que se pretende ejemplar; el extraño fallecimiento de su esposa, por más que aleguen que “se marchó voluntariamente”; el que se apoye en mantras, chakras y esculturas totémicas hindúes, todo tan ajeno a nuestra cultura occidental y que obliga a someterse a creencias tan alejadas de nuestra cosmovisión tradicional; contradicciones flagrantes y apoyo en falsedades científicas que demuestran una clara falta de consistencia (conocidas sus explicaciones de que los ciclos lunares degradan la comida cocinada o que el cuerpo físico sigue vivo de alguna manera más de dos semanas después de su muerte); el sustento en elementos de la filosofía hindú como cultura superior, como cultura salvífica frente a lo que procede de Occidente (del Oeste como él dice); la construcción de un templo Rann de lo más ostentoso, alineándose con el partido gobernante; su participación como delegado en la Cumbre de la Paz del Milenio de las Naciones Unidas o en el Foro Económico Mundial de Davos, ejemplo de instituciones globalistas y opresoras que poco de fiable tienen; su flirteo con las estrellas de Hollywood, tan necesarias para la expansión de su imagen; todo el imperio que ha desarrollado, cobrando unos precios desorbitados en sus cursos, el empleo de unas campañas publicitarias de primer nivel en internet que son las que han conseguido dar a conocer al personaje (multitud de vídeos, promociones, campañas, actos internacionales); el voluntarismo obligatorio en sus plataformas de difusión y formación, tan interesado; su manera de escudarse, ora en la ciencia, ora en la pseudociencia, según le interesa.

A otro nivel, Sadhguru se adscribe al darwinismo, usándolo a su conveniencia sí, pero a fin de cuentas lo hace suyo y de esa forma se adhiere al discurso oficialista, el que se sustenta en la idea del evolucionismo de la especie hacia un futuro esperanzador y positivo.

Por último, tengo que hacer referencia a la cuestión que a mí personalmente me parece más grave: Este hombre no se arriesga en nada a perder su estatus social o posición financiera, su discurso es benevolente y escurridizo, no se sale del guion. Por ejemplo, habla del virus y no se moja en absoluto, es absolutamente condescendiente y sumiso, trata el tema con vaguedad y sin discernimiento alguno, detectándose con claridad su falta de compromiso con la verdad; o por ejemplo, en el tema de relaciones de género, a lo más que llega es a un tímido “no hay que promocionar nada” (que demuestra que sabe más de lo que dice), que denota práctica de autocensura obligada.

Si tiene que venir un “maestro” a despertar nuestra espiritualidad, tenemos un problema. Si somos seres espirituales, ya lo somos, no necesitamos que otro individuo nos lo recuerde con su carnaza. Comprender estas cuestiones exigen un discernimiento profundo, una independencia y libertad de pensamiento, un autoanálisis acrítico y veraz, un aprendizaje autoimpuesto que no nos dirija otro.

El señor Sadhguru desprecia la cultura occidental cuando dice “la autotransformación se logra no por medio de la moral o la ética o los cambios de actitud y comportamiento, sino experimentando la naturaleza ilimitada de lo que somos”. Frase que no explica nada y pretenciosa donde las haya, en la que se demuestra su falta de análisis y juicio. No entiende que la verdadera ética son normas de conducta autoimpuestas, tan necesarias para el buen funcionamiento de una sociedad que busque la armonía entre los iguales, y a la que en el fondo él se adscribe sin saberlo. Tampoco parece este gurú valorar la importancia del trabajo de la actitud, tan relacionada a la esencial idea de virtud (que es lo mismo que fortaleza interior), necesaria para desarrollar un ánimo fuerte y no disminuido y atrapado en la dirección de cualesquiera santurrones (2).

En definitiva, podemos ir concluyendo que Sadhguru resulta ser un producto más del mercado espiritual más selecto. Si fuera un verdadero maestro no se mantendría en la posición de poder que ostenta, consiguiendo lo contrario de lo que predica, esto es, que el individuo sea en el fondo un sujeto ahogado en la nulidad. Las culturas orientales se esmeraron siempre en ahogar la individualidad del sujeto, convirtiéndolo en objeto a manejar por los líderes de turno.

En los tiempos que corren es imperativo trabajar nuestra autoconstrucción, nuestras cualidades y capacidades, siendo nosotros mismos los responsables de su desarrollo. En Oriente, desde siempre, su cultura espiritual se basó en el sometimiento o dependencia a otro (un líder religioso o espiritual), la cultura espiritual en Occidente se centra más en la igualdad entre los sujetos (ver por ejemplo la idea de amor en el cristianismo primitivo). Cuando una persona tiene demasiado poder sobre las demás empiezan los despotismos, la trituración o manipulación de lo humano, su ninguneamiento. Si queremos una sociedad cualitativamente superior a la actual, debemos pensar en términos de sujetos iguales, responsables por sí mismos, independientes, capaces de organizarse en estructuras libres y alejadas de poderes opresores o dominantes de alguna manera.

(1) En la película documental “Meeting The Beatles in India” podemos observar hasta dónde llegó la “indiamanía”.

(2) Recomiendo la lectura de “Ética y revolución integral” de Félix Rodrigo Mora y otros autores, Ed. Potlatch.

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