Lunes, 04 Octubre 2021 22:22

El control popular y concejil de las poblaciones de lobo y oso

Escrito por Kiko Bardají Cruz

Las ideas de la Transformación Integral se fundamentan en la vuelta al campo y la creación-restauración de una confederación de concejos abiertos omnisoberanos sostenidos por personas autoconstruidas éticamente que desplieguen comunidades convivenciales donde el colectivismo, la comunalidad y el respeto a la pequeña propiedad privada sean los pilares que vertebren el derecho consuetudinario de elaboración popular que regule los aspectos que deban ser regulados.

La Transformación Integral propone una vida sin Estado y sin ciudades. Una tecnología popular; un sector primario vigoroso del que casi todos se hagan cargo, igual que el de la construcción; una educación popular; una sanidad autogestionada...

Es público y notorio para los que estudian la labor del Estado en el medio rural en los últimos 300 años, que éste desea vaciar, y ha vaciado deliberadamente, la mayor parte del ámbito campesino. El Estado ha vaciado nuestra ruralidad de muchas formas diferentes. La más efectiva fue la desamortización civil de Madoz de 1855-1926 que privatizó más de 16 millones de hectáreas de bienes comunales propiedad de los concejos abiertos; y la labor del franquismo que empujó a 6 millones de personas a las ciudades de múltiples maneras.

Una de las últimas formas (son muchas) con las que se está terminando de vaciar la ruralidad es a través de la instrumentalización del lobo y del oso por parte del Estado. En nuestro extenso artículo “Nosotros en la hoguera”[1] explicamos de forma detallada cómo y porqué de ésto y lo que pensamos de la situación de lobo y del oso.

La expansión del lobo en el norte peninsular está provocando que las pequeñas ganaderías de extensivo, de monte, se vean al borde de la extinción definitiva. Estos pequeños rebaños tradicionales son la única alternativa viable y sostenible para producir leche, carne, cuero, lana y estiércol frente a un sector agroganadero industrial intensivo de confinamiento permanente y orientado a la exportación que está arrasando las zonas llanas (y no tan llanas) de nuestras península con macrogranjas hipercontaminantes, de maltrato animal, de acuíferos contaminados, de millones de hectáreas deforestadas para sembrar grano y forrajes, de infraestructuras faraónicas para la exportación (por ejemplo el cerdo a China) y la importación (por ejemplo la soja sudamericana hacia Europa para las vacas y cerdos), de malos olores perennes en comarcas enteras, de epidemias de cáncer, de potenciales zoonosis devastadoras por el hacinamiento atroz, de concentraciones de fármacos, de superbacterias por el abuso de antibióticos producido por el ansia de riqueza, de explotación laboral y tráfico de esclavos y de una interminable lista de costes ocultos a cada cual más bestial.

Especialmente en las zonas de montaña los mastines no bastan para proteger los rebaños de lobos y osos, y esto el Estado lo sabe. No hay posibilidad tampoco de estar 24 horas con el rebaño porque ya no se vive en comunidades rurales no especializadas donde se repartía y se turnaba el trabajo. Tampoco hay posibilidad de contratar a nadie porque las economías son de subsistencia y parte del día hay que dedicarlo a preparar los productos lácteos o cárnicos (el uso de la lana y el cuero están en mínimos) derivados de los rebaños y comercializarlos para poder vivir, cumpliendo una normativa sanitaria/medioambiental mega-opresiva con los pequeños.

Si la Transformación Integral rechaza plantear la intervención del Estado (y su consecuente crecimiento y robustecimiento) como solución a los problemas sólo nos queda proponer que sean las comunidades locales y los pastores los que puedan defenderse de los ataques de los grandes carnívoros, como siempre se ha hecho.

Si realmente queremos luchar contra el agronegocio industrial tenemos que apoyar a las pequeñas ganaderías de ovino, caprino, vacuno, equino, porcino o asnal de extensivo pues representan la revolución integral, la alternativa y una fuente de resistencia, sabiduría, conocimientos y comida que va a ser fundamental en la mega crisis que se nos viene encima.

Nadie, repito nadie, habla de exterminar ninguna especie animal. Al contrario, como explicamos en el artículo antes citado, cuantos más pastores existan más lobos y osos podrá haber; pues el pastoreo dispara la fertilidad y productividad del monte elevando con ello la biodiversidad de todo tipo de animales silvestres necesarios para la subsistencia del oso y del lobo (que si tienen carroña abundante no se centran en la caza).

Es muy importante desmentir (lo hacemos con más extensión en el artículo citado) que han sido las clases campesinas quienes han llevado al oso y al lobo a la extinción. Esto es una sucia mentira, tan gorda como la de que les culpa de la deforestación. Quien les ha llevado a la situación actual ha sido el Estado con la caza frenética de sus élites ociosas estos últimos 400 años; con la destrucción de su hábitat al ser el responsable de la deforestación masiva de frondosas[2]; con la debacle deliberada del campesinado y sus millones de rebaños (que suponían millones de cadáveres para los carnívoros); y con las Juntas Provinciales de Extinción de Alimañas del Estado que durante el franquismo persiguieron y cazaron (en infinidad de veces con veneno) a decenas de miles de lobos y osos.

Toda la extrema izquierda y el ecologismo de Estado (Podemos, Bildu, las Cup, BNG, CNT, CGT, Ecologistas en Acción, Amigos de la Tierra, Greenpeace, WWF, la Plataforma por la Ganadería Extensiva y el Pastoralismo, Grupo Campo Grande, Fundación Entretantos…) apoyan que sea el Estado el que gestione el problema de los ataques de lobo y oso a las pequeñas ganaderías de extensivo. Hablan de subvenciones y compensaciones, de dinero de la PAC (Política Agraria Comunitaria), de mastines y de contratar pastores a sueldo.

Ninguna de estas alternativas son beneficiosas ni viables para los pequeños rebaños precarios de economías de subsistencia que están al límite ni para los rebaños de los muy necesarios nuevos rurales que desean reconstruir la vida y las comunidades rurales productivas. Para las gentes que están volviendo al campo, o las que resisten con pequeñas explotaciones desde generaciones, la solución no es más Estado, sino menos. Menos agentes forestales, menos regulaciones, menos inspectores de sanidad, menos papeleos, menos trabas de todo tipo, menos impuestos, menos dependencia de las subvenciones, menos control estatal de precios…

Son los pequeños rebaños los que conforman la alternativa y son, justamente, los que más están sufriendo la opresión estatal en nombre del conservacionismo y del ecologismo. Las tierras donde pueden acceder las gentes que no tienen mucho dinero, ni han heredado, ni quieren plegarse a la rueda del Estado y sus subvenciones que empujan a lo grande e industrial, son las tierras marginales de las montañas donde aún existen montes y bosques comunales. Es en estas zonas donde se concentra la Red Natura 2000 defendida por toda la extrema izquierda y el anarquismo de Estado. Una “protección” medioambiental que supone una losa sobre los pequeños productores que tienen que resistir una normativa aplastante y se encuentran vigilados por un enorme ejército de funcionarios. Y es en estos sitios donde el lobo y el oso (muy útiles para atraer el turismo urbano) se ha convertido en un problemón despoblador.

El Estado prohíbe defenderse del lobo con la ley llamada Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (Lespre) que prohíbe gestionar localmente la fauna de grandes carnívoros. En definitiva, el Estado prohíbe la democracia en las zonas rurales (nada nuevo), prohíbe que la gente común pueda autogestionar la defensa frente a lobos y osos que impiden poder ganarse la vida, y sobre todo, impiden crear una alternativa revolucionaria. Toda la extrema izquierda defiende al Estado y su prohibición de que las gentes del campo podamos defendernos. De esta forma toda la extrema izquierda apoya indirectamente a la ganadería industrial pues sus ideas conservacionistas y ecofascistas destruyen a la única alternativa que puede plantar cara al agronegocio. Bajo el pretexto del ecologismo la extrema izquierda y el anarquismo cometen -y son cómplices de- un ecocidio. Nada ven desde sus ciudades. Con sus buenas intenciones y su amor por los animales sólo fomentan  a la gran industria intensiva e inmoral. Que paradoja la actividad de estos izquierdistas. Para defender a la fauna silvestre se ha de apoyar a las pequeñas ganaderías de extensivo, familiares, artesanales, caseras… Para defender al lobo y al oso se ha de combatir al Estado, y no, como hoy hace todo el anarquismo, apoyarlo, a él y a sus leyes.

Sólo desde un pensamiento urbano e infantil se puede pensar que es posible vivir (para vivir hay que producir) sin defenserse. Sólo unos seres bienestarizados y derechohabientes pueden olvidar que hay que controlar los topos en las huertas, los pájaros en los sembrados de cereales, el pulgón en los frutales, los zorros en los gallineros o los lobos en los rebaños.

La Transformación Integral se posiciona a favor, y por la construcción y generalización, de que sean los concejos abiertos omnisoberanos los que gestionen todos los aspectos comunales de la vida, entre ellos la gestión autodefensiva frente a los grandes carnívoros.

La solución que plantea la Transformación Integral es la única que puede resolver realmente el problema: que sean las gentes de las comunidades rurales las que gestionen el monte, sus comunales. Y no el Estado. Con esto los concejos abiertos podrían organizar las batidas defensivas (no exterminadoras pero sí mínimas necesarias) que permitirían proteger la producción de las necesidades básicas (fundamentales para la independencia frente al Estado y para la vida).

Kiko Bardají Cruz

[1]https://www.revolucionintegral.org/index.php/home/470-nosotros-en-la-hoguera

[2]Es el Estado el que deforesta la península ibérica con sus desamortizaciones de comunal, sus necesidades militares de carbón vegetal para fundir armas, las traviesas de su ferrocarril para mover tropas y guardia civil, sus minas y su entibado, su producción de pez para sus barcos, sus astilleros, su cerealización impuesta, sus ciudades, su agronegocio inmundo…. Pero en especial, y no nos vamos a cansar de decirlo, la deforestación más grave es la Desaortización Civil de Madoz de 1855 a 1926 que expropia millones de hectáreas de comunal a los concejos abiertos y los pela a mata rasa literalmente.

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