Sábado, 14 Agosto 2021 09:43

Por la abolición del ejército, la transformación integral y nuestra tradición

Escrito por Kiko Bardají Cruz

Que exista un ejército profesional y permanente es una amenaza colosal para las libertades y para la vida misma de las gentes del pueblo. El poder deviene, en el último momento, en la última circunstancia, del fusil. El estatus quo está defendido por varias murallas: primero el adoctrinamiento, luego el miedo, más tarde la policía, luego la guardia civil y finalmente el ejército. El ejército es el garante número uno del orden actual.

Por otro lado, el ejército supone una explotación fiscal inaudita que nos esclaviza a trabajar para mantener a una casta de improductivos cada vez más numerosa. La supuesta labor de “defensa” frente al exterior que ejerce el ejército la puede asumir el pueblo armado y organizado con plenitud.

Espartero, Narváez, O´Donnel, Prim, Serrano o Franco ya han sido suficiente, ya nos han ahogado en la desolación y en la matanza demasiadas veces. Esta saga de militares profesionales debe llegar a su fin. El coste en sangre, destrucción y aculturación ha sido altísimo. El Ejército siempre es un Ejército de invasión y a los primeros que invade es a la población que se la obliga a costearlo y soportarlo.

No es por nada el hecho de que en la literatura militar el pueblo siempre sea tratado como un enemigo, como el frente interior que hay que mantener dominado para atender el frente exterior. 

Jaime Domínguez Buj, Jefe del Estado Mayor del Ejército español hasta 2017, afirma que el objetivo número uno del Ejército es “ganarse los corazones y mentes” de la gente, y que si esto no funcionara “estamos preparados para intervenir... en cada escenario interior” que se presente.[1] El llamado frente interior no sólo es una cuestión axial para los militares sino para todo el pensamiento liberal y socialdemócrata. Para ello la inversión en propaganda es fundamental así como el mantenimiento de los costes de legitimidad.

En lo que llaman España el ejército ha sido, desde hace siglos, la institución peor valorada por las gentes. Hasta la llegada de la socialdemocracia y el feminismo. Con éstos la inversión en la conquista de las mentes y los corazones ha sido colosal.

Las milicias concejiles, nuestro pasado para construir nuestro futuro.

En nuestro mundo rural popular tradicional, ya extinto, tenemos un ejemplo magnífico en el que inspirarnos para reconstruir una sociedad sin ejército profesional: las milicias concejiles.

Las milicias concejiles son creadas por nuestros antepasados, las gentes de Castilla, Asturias, León, Navarra, Aragón y Cataluña en su lucha libertadora contra el imperialismo islámico y sus ejércitos profesionales de mercenarios. En la batalla de Simancas o de las Navas de Tolosa las milicias municipales demostraron ser absolutamente efectivas y letales para el enemigo. Las milicias se organizaban y financiaban desde los concejos abiertos de pueblos y aldeas y estaban formadas por pastores, artesanos, campesinos… que elegían un adalid que quedaba encargado del entrenamiento semanal de la milicia. La milicia era muy costosa, suponía un esfuerzo muy elevado a los pueblos. Había que sacar el hierro, alimentar la forja, fabricar en la herrería, diseñar, mantener, entrenar en el uso, encargarse de las yeguadas comunales, invertir tiempo y recursos…

La libertad está peleada con el desentenderse, con la comodidad, con el confort, el relax, la ataraxia, el no pensar, el hedonismo… que en cambio son los valores de la dictadura. La libertad es muy costosa y requiere un esfuerzo titánico permanente. La dictadura (parlamentaria o militar) ahoga la inteligencia, la creatividad, el ingenio, la iniciativa… y en cambio la libertad las dispara.

Se dice desde sectores del academicismo estatal que los reyes, nobles y prelados concedían fueros y cartas pueblas a las gentes del pueblo durante la alta Edad Media. Que concedían privilegios. Los supuestos privilegios son en realidad libertades. El Estado no concedió nada al pueblo porque una razón clara: este estaba armado. Lo que el Estado hacía era ratificar los hechos consumados. Hasta el siglo XII el pueblo estuvo armado y organizado para la defensa. Cuando existe armamento general del pueblo y entrenamiento comunal regulado popularmente desde los concejos no se necesita para nada un ejército de mercenarios. Las milicias concejiles impedían a los reyes, nobles y clero imponer su voluntad. El pueblo impone su voluntad. Cuando el pueblo está armado y no hay ejército profesional del Estado el pueblo puede adquirir una libertad razonable. En nuestra Alta Edad Media las milicias concejiles, el derecho consuetudinario de elaboración popular, los bienes comunales, el concejo abierto, el trabajo colectivista, la abolición de la esclavitud y los muy desarrollados sistemas de ayuda mutua llevaron a nuestros antepasados a disfrutar de lo que el medievalista Sánchez Albornoz llamó “una auténtica libertad”.

El teólogo Juan de Mariana escribió en 1599 su obra más famosa El rey y la institución en la que abogaba por el tiranicidio como ultima ratio contra la opresión política. Afirmaba que las leyes de la comunidad deben estar por encima de toda institución. Sabía que si un pueblo no está armado no puede fundamentar su voluntad ni frenar las ansias de poder y riqueza del Estado. Por esto dejó escrito que cuando las milicias concejiles fueron sustituidas en el siglo XII por las mesnadas y las órdenes militares como la de Calatrava, Santiago, Alcántara… el pueblo quedó a merced de la dictadura y la opresión. Afirmaba también que el Estado comenzó a subir los tributos sin el consentimiento de los concejos desde el momento en que éstos quedaron desarmados. Entendía también que la concentración de propiedad y riqueza era incompatible con la libertad popular y que sin armamento general del pueblo no se podían defender los bienes comunales creados a partir del siglo VII; pues el Estado iría poco a poco haciéndose con ellos, como ha sucedido hasta el día de hoy, tal cual[2].

La solera de nuestra oposición al Ejército profesional.

El delegar en el Estado la gestión de la seguridad a partir del siglo XII provocó una progresiva pérdida de libertad y un crecimiento permanente del poder del Estado. La Corona de Castilla, tras derrotar a los comuneros castellanos en 1522, se dedicó a exprimir al pueblo castellano con exigencias cada vez más brutales de soldados, impuestos, bienes y tierras. Cuando el Estado vio que Castilla estaba agotada, exhausta y empobrecida buscó abolir los fueros que protegían del saqueo estatal a Aragón, Cataluña, Valencia, Molina de Aragón, Baleares, Navarra y las tres provincias vascas. El Conde Duque de Olivares intentó la llamada Unión de Armas pero fracasó ante el descomunal rechazo popular.

Hasta que no llega el rey Felipe V en la primera mitad del siglo XVIII el Estado no consigue abolir los fueros del antiguo reino de Aragón. El Estado con Felipe V orientará todos sus esfuerzos a la creación de un ejército profesional permanente y un servicio militar obligatorio.

El siglo XIX lo dedicará el Estado a consolidar su poder y a intentar abolir los fueros vasco-navarros que seguían protegiendo a su población de las levas forzosas. Con la entrada de los ejércitos invasores de Napoleón se demostrará que el ejército profesional no vale para la defensa frente a un enemigo exterior, que lo que vale es el pueblo en armas, la guerrilla. 

Toda la ruralidad ibérica le dará una tunda a los ejércitos franceses que nunca olvidará. Cuando éstos se retiren con el rabo entre las piernas el Estado español se reorganizará e intensificará su ataque a las libertades que aún quedaban de las conquistadas durante la revolución altomedieval. La resistencia de los navarros y vascos al Estado español será épica y colosal. El rechazo popular al ejército español se ha mantenido vivo hasta hoy mismo, desde hace mil años ya. Este rechazo está presente aún en la cosmovisión profunda de una buena parte de los que vivimos bajo el poder de este maldito Estado, y específicamente entre los vasconavarros. Todo el siglo XIX será una lucha colosal de los pueblos ibéricos contra el ejército español. 

Aún hoy, en un pequeño rincón de la península al que el Ministerio del Interior español sigue llamando la Zona Especial Norte, se persiste en un rechazo visceral a todo lo relacionado con el Ejército profesional. Ya la Diputación de Navarra escribía al Gobierno de Madrid en enero de 1845:

 “La repugnancia de los navarros al servicio de armas se ha convertido ya en algo     invencible”.

A principios del siglo XX la lucha continuará con fuerza contra la leva forzosa del Ejército en todo el estado. Destacará la huelga general que acaba en los disturbios barceloneses de 1909, la llamada Semana Trágica. Una huelga organizada para impedir que el ejército se lleve por la fuerza a la juventud masculina para defender el Imperio y servir de carne de cañón contra los independentistas marroquíes y rifeños. 

Especialmente los montañeses (cántabricos, pirenaicos, los del sistema central, los del sistema íbérico, los de sierra morena, los del sistema bético y penibético, los del mazizo galaico, los costeros del levante...), por su tradición, por su cultura y por su enorme dignidad y amor a la libertad, además de por la capacidad de autoabastecimiento y la protección que le brindan sus montañas, siempre les ha soliviantado la idea del Ejército español. En el llano era exactamente igual pero sucumbieron antes.

De participar en el ejército se mantuvieron exentos los vasco-navarros hasta la abolición total de los fueros ¡a mediados del siglo XIX!. La lucha ha sido impresionante y hoy continúa.

Toda esta resistencia al Estado y a sus militares tiene, como ya hemos dicho, mucha solera en Iberia: más de 200 años de resistencia al Ejército romano; permanente resistencia al Ejército Visigodo y al Ejército de Carlomagno; ofensiva victoriosa contra el Ejército islámico; resistencia a las mesnadas de los reinos católicos (los guanches en Canarias, por ejemplo, resistirán 100 años a los intentos de conquista); resistencia y ofensiva total contra el Ejército francés de Napoleón; resistencia contra el Ejército liberal del Estado central; y resistencia contra el  Ejército español desde 1936 a 1953 (17 años de maquis desde 1939) en que se derrota a la última resistencia de la guerrilla rural; y desde 1976 a 2010 militantes vascos por la independencia de Euskal Herria matarán a 486 miembros del Ejército, de la Policía y de la Guardia Civil (en cuanto empiecen, éstos últimos, a matar personas desarmadas e inocentes sin ningún tipo de orden moral, perderán radicalmente el apoyo popular y desaparecerán derrotados).

Esta tradición antimilitar popular ibérica ha sido muy profunda, de corazón. La jerarquía militar deshumanizadora rompía de cuajo el tradicional adagio rural del nadie es más que nadie.

Yo siempre he tenido un asco profundo por el cuartel, por el rancho y por los oficiales,” dirá el vasco Pío Baroja.

“El espíritu militar me parece una pesada broma de locos… en el Ejército no hay valientes, los verdaderos valientes son los que se niegan a colaborar con él”, dirá el alto-aragonés Ramón J. Sender. 

Nuestra cultura popular y literaria está llena de expresiones de este calado pero por no extendernos no las pondremos. Esto es algo de lo que sentirse muy muy muy orgulloso y que nos conecta emocional y espiritualmente con nuestros antepasados. La resistencia al Ejército es una de las tradiciones más preciosas de nuestros pueblos peninsulares e insulares que no debemos dejar que se pierda. Es un deber de todos el seguir denunciando por todos los medios al ejército español y haciendo un esfuerzo ímprobo por construir una alternativa viable al ejército. Nos negamos a pedir el derecho a portar armas. Las vamos a portar sí o sí, le pese a quien le pese, en la clandestinidad o en la legalidad.

Ángel Ganivet (1865-1898) interpretaba nuestra cultura rural como una mezcla de estoicismo, cristianismo y lo que él llamaba “espíritu territorial”. Un espíritu contrario al Ejército, no apto para el mando y la sumisión, pero sí para la guerrilla popular, el autosacrificio por ideales elevados sin perder la realidad del mundo tangible. La palabra guerrillero no tiene traducción a otros idiomas, es netamente un endemismo ibérico que luego se utilizará en el mundo entero. Ganivet afirmará que el Caballero de la Triste Figura lucha a título personal, pero lucha por y para los demás, lo que es una apreciación que sintetiza el alma ibérica, su cosmovisión profunda.[3] 

Ganivet supo ver, por decirlo así, “la esencia o el alma” de los pueblos ibéricos. Por eso veía tan contrario, tan ajeno, tan extranjero, tan equivocado a nuestra cultura cosas que se intentaban imponer, como la feroz estatolatría de los partidos de la izquierda política.

No sé cómo hay socialistas de Estado… yo defiendo… a los municipios autónomos… el porvenir no es el de unir a los hombres debajo de organizaciones artificiosas, sino el de afirmar la personalidad de cada uno y enlazar las ideas diferentes por la concordia y las opuestas por la tolerancia[4] dirá Ganivet. 

Fue el Estado con la izquierda en el Bienio Azañista quien desarmó al pueblo y lo dejó a merced de las matanzas del Ejército. El 20 de diciembre de 1931 el Ministerio de la Gobernación prescribió todas las licencias de armas concedidas a particulares y dio un plazo de cinco días para que se entregasen al Gobernador Civil en el caso de las capitales de provincia y a los cuarteles o puestos de la guardia civil en pueblos y aldeas.

Cuando los trabajadores y campesinos organizados tienen el convencimiento en julio de 1936 de que los militares se van a lanzar a matarlos a todos e imponer la dictadura militar, piden que se les devuelvan sus armas o se les entreguen las que hay almacenadas para poder defenderse. El Frente Popular izquierdista se las niega una y otra y otra vez. Usamos la palabra Ejército como sinónimo de Ejército franquista pues a pesar de que hubo militares profesionales en el bando republicano y que fueron clave para que no triunfara el golpe en toda el estado, pensamos que el ejército franquista era el que mejor entendía la situación de peligro para el Estado y la necesidad de reacción en contra del pueblo. 

Movimiento por la Insumisión

El movimiento por la insumisión fue una desobediencia a realizar el Servicio Militar Obligatorio (la mili) que duró desde principios de los años 80 a 2001, año en que el Estado abolió la mili. El antimilitarismo de los insumisos más organizados cayó en el error de no promover y reivindicar el armamento general del pueblo como necesidad básica para la defensa de la libertad popular. Pidieron la abolición del Ejército pero no quisieron asumir la responsabilidad que abolir el Ejército conlleva: el armamento general y la creación de milicias municipales. Para que las milicias no se conviertan en un nuevo poder no popular es necesario que las funciones y el poder de éstas emanen de los concejos abiertos y sus organismos supralocales basados en las portavocías investidas por el mandato imperativo asambleario.

El movimiento por la insumisión sucumbió ante el infantilismo de pensar que la seguridad no debe gestionarla nadie o que se gestiona sola o que podemos vivir sin vigilancia y sin armamento para defendernos. Esto no tiene por donde cogerlo. Este movimiento se despeñó en la ideología errónea del pacisfismo que sólo conduce a dejarte esclavizar y matar, lo que es inaceptable.

Error enorme el del pacifismo pues la libertad exige una autogestión popular y asamblearia de la seguridad. Y no es eludible este asunto. Si se hubieran fijado en las tradiciones concejiles de nuestra ruralidad habrían encontrado, por ejemplo, el estudio de investigación Pastores del Pirineo (1988) de Severino Pallaruelo en el que nos muestra como el cuidado y la vigilancia del bosque y de las calles de los pueblos se hacía de forma circular. Explica que el concejo abierto de Tellas en el Valle de Puértolas en el Alto Aragón tenía sus normas propias sobre el cuidado y vigilancia de calles, de montes, vedados, dehesas boyales, tierras pastizables, bosques, etc. Estas normas escritas por ellos mismos en asamblea abierta se hacían cumplir con vigilancia diurna y nocturna por riguroso turno circular llamado a redolín uno por casa. Cuando terminaba iba a la casa del siguiente y le entregaba “en señal un palo que se llama porriello”.

Si se hubieran interesado por nuestros antepasados, y no hubieran sido tan modernetes, habrían encontrado el trabajo de Alfonso M.ª Abella en Ordenanzas de buen gobierno de los concejos de Álava (1985) en el que nos habla del sistema circular de prestación personal a la comunidad llamado “adra”. Mediante la adra se turnaban los cargos concejiles entre todos los vecinos para hacer la carga soportable por igual. Uno de estos cargos concejiles era el de vigilancia diurna y nocturna.

También hubieran encontrado el trabajo de Luciano Lapuente (1910-1990) Estudio Etnográfico de Améscoa que dice que los vecinos de estos valles se reúnen en batzarre (concejo abierto en euskera) para “regular y vigilar el quehacer forestal de los montes concejiles”. Se reunían también periódicamente en la Sierra de Urbasa en la junta llamada “Aritzubeltza” para acordar como gestionar pastos y arbolado.

Pero sobre todo hubieran encontrado los trabajos de los discípulos de Claudio Sánchez-Albornoz sobre nuestras gloriosas milicias concejiles.

El movimiento por la insumisión fue un movimiento izquierdista (antirural, urbanita y anarcoestatista) y esto fue un lastre para comprender, no sólo nuestra tradición rural, sino para entender la génesis del pueblo norteamericano y la importancia de la Segunda Enmienda o el derecho a portar armas; que no es un derecho en realidad sino algo conquistado en su momento por las gentes norteamericanas y que el Estado, a pesar de todos sus esfuerzos, no ha podido arrancarles.

Para comprender la importancia de la libertad y su defensa armada en los inicios de los EEUU es muy recomendable leer el libro traducido al castellano de Dana Nelson Democracia Común. La política de participación en los primeros Estados Unidos.

Antes se tenía muy claro que sin armamento general la tiranía no tendría freno.           

Aquí transcribo unos extractos del pensar estadounidense en torno a la autogestión de la seguridad. Reflexiones útiles para el futuro. ¡Hermano, hermana, para defender la libertad que tanto amamos, ármate y no esperes a que te den permiso! El Estado no va a tener piedad con nadie; o acabamos con él o él acaba con nosotros. A la batalla de las ideas le debe acompañar el espíritu de supervivencia. Y a la resistencia le debe acompañar siempre la ofensiva y ésta debe ser organizada asumiendo el dolor y el sufrimiento que conlleva.

Los americanos tienen el derecho y el beneficio de estar armados, a diferencia de los ciudadanos de otros países cuyos gobiernos tienen miedo a confiar las armas a su pueblo […] Una milicia bien regulada, compuesta por el pueblo, adiestrada en el uso de las armas, es la mejor y más natural defensa a la que puede aspirar un país libre” James Madison.

Las armas de fuego igualan en importancia a la propia Constitución […] Para asegurar la paz, la seguridad y la felicidad, el rifle y el revólver son igualmente indispensables. La misma atmósfera generada por la presencia de armas de fuego por todas partes refrena la interferencia del mal; se merece un lugar de honor entre todo lo que es bueno”. George Washington.

El gran objetivo es que todos los hombres estén armados […] Todo hombre capaz puede tener un arma” Patrick Henry.

La Constitución nunca se interpretará para impedir que el pueblo de Estados Unidos, conformado por ciudadanos pacíficos, posea sus propias armas”. Samuel Adams.

Lo mejor que podemos esperar a la larga con respecto al pueblo es que todos estén debidamente armados”. Alexander Hamilton.

Desarmar al pueblo es el modo más efectivo de esclavizarlo […] Yo se lo pregunto, señor, ¿quiénes son la milicia?Ahora la milicia es todo el pueblo.” George Mason.

A ningún hombre libre se le prohibirá el uso de armas […] Las leyes que prohíben llevar armas […] desarman sólo a quienes no sienten la inclinación ni la determinación a cometer crímenes […] La razón más poderosa para que el pueblo conserve el derecho a tener y          llevar armas es, en última instancia, protegerse a sí mismo contra la tiranía del gobierno”. Tomás Jefferson.

Kiko Bardají Cruz

 

[1]http://www.elconfidencialdigital.com/defensa/generales-Jefe-Mayor-Ejercito-Cataluna_0_2384761525.html

[2] Sobre los bienes comunales decía:

       “Es de nosotros un deber de Humanidad tener a disposición de todos los bienes que Dios quiso que fuesen comunes, ya que a todos los hombres entregó la Tierra para que se sustentaran con sus frutos, y sólo la rabiosa codicia pudo acotar y acaparar para sí ese            patrimonio divino, apropiándose los alimentos y riquezas dispuestos para todos los hombres”.

[3]“Historia de la filosofía española” y “El dualismo español” Heleno Saña.

[4]“Historia de la filosofía española” Heleno Saña.

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