Jueves, 29 October 2020 12:03

El anarcocapitalismo, un trampantojo de libertad

Escrito por  Enrique Bardají
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El anarcocapitalismo es un liberalismo radical. Propone una plutocracia donde reine la ley del mercado.

La acumulación de riqueza y propiedad en pocas manos que defiende este liberalismo es incompatible con la libertad. La defensa de la propiedad privada absoluta es todo lo que se quiera menos una defensa de la libertad. Este “libertarismo” anglosajón es una defensa de la libertad negativa contra los otros y no con los otros. Libertad para los ricos, propietarios y rentistas y esclavitud asalariada para el resto.

Este liberalismo extremo va dirigido a la construcción de un ser humano capitalista. Las gentes deben ser sometidas a políticas específicas de readaptación, con una gran política de educación, que los prepare y forme en el espíritu del capitalismo. Para ello se deben inventar leyes e instituciones y crear nuevas formas de ser, nuevos valores, nuevos deseos, nuevas costumbres centradas en formar individuos adaptados a las lógicas de mercado. Lógicas en las que el enriquecimiento debe ser, por supuesto, el valor supremo.

El objetivo número uno del Estado “mínimo” que defienden es la acción sobre los espíritus, el condicionamiento psicológico, el moldeamiento de las almas.

Sus principales popes son Walter Lippman, Friedrich Hayek, Milton Friedman, Ludwig Von Mises, Wilhelm Röpke o JeremyBentham. Todos estos pensadores otorgan una importancia máxima a la labor del Estado mínimo. Mínimo no quiere decir débil.

El orden de mercado es un orden construido, y por lo tanto, el Estado debe estar en condiciones de establecer un verdadero programa político (una “agenda”) que tenga como objetivo su establecimiento y su mantenimiento permanente, el Estado debe ser el constructor y el vector.

Debe centrarse en formar individuos adaptados a las lógicas de mercado. No se trata de una “reducción del Estado” o de un laissez-faire sino de dirigir toda la fuerza del Estado a la construcción de un ser humano capitalista.

El orden de competencia, lejos de ser un orden natural, debe ser constituido y ajustado mediante una política “ordenadora” o de “puesta en orden”. La “política social de mercado” no se refiere a ninguna “política social” sino a una “política de sociedad”, que es muy diferente. Se trata de una acción sobre los espíritus, de un condicionamiento psicológico, de un seelen massage o masaje de almas.

Consiste en modelar a los sujetos para hacer de ellos emprendedores capaces de aprovechar las oportunidades de ganancias, dispuestos a comprometerse en el proceso permanente de la competencia. No es una desimplicación del Estado sino una forma de racionalización burocrática.

Es falsa la idea de un poder gubernamental débil o de un Estado discreto, el liberalismo consiste en crear un Estado fuerte y esto es imposible de conciliar con el principio de soberanía popular.

En este liberalismo se ha de limitar el poder del pueblo a la nominación de los gobernantes y dejar que los gobernantes gobiernen. El pueblo debe nombrar a quien le dirigirá, no decir que deberá hacer. El enriquecimiento debe ser el valor supremo porque es la motivación más eficaz para estimular a los trabajadores a que aumenten sus rendimientos. Se trata “de que el Estado utilice la fuerza de la ley, la fuerza violenta o incluso la guerra civil, para instaurar las condiciones previas de un mercado autorregulador”, en otras palabras “la extensión forzada y forzosa del papel activo del Estado liberal”.[1]

Leyendo a los pensadores liberales se comprende fácilmente que lo que propone el liberalismo es un Estado totalitario y deshumanizador que nos reduzca a ser unos homos economicus, esclavos del dinero, de los propietarios y de los regidores estatales.

En la raíz de anarcocapitalismo está el darwinismo social. Según nos cuenta Heleno Saña, el darwinismo social es un concepto con el que se define una doctrina basada en la dureza social y en la hegemonía implacable del capital sobre las clases trabajadoras… Sus principales representantes fueron el clérigo protestante William Graham Summer y Ludwig Gomplowicz… El primero mezclará la teoría darwinista del struggle for life y la “selección natural” con el liberalismo más puro de Herbert Spencer basado en la defensa a ultranza de la propiedad y en el más feroz de los individualismos. Su desprecio por las clases menesterosas no conocerá límites. Teorizará que el Estado no sea un obstáculo al libre desenvolvimiento de las clases sociales elevadas. En su ensayo Lo que las clases se deben unas a las otras afirmará lacónicamente: “Nada”.

En su obra Folkways dirá que:

La competencia estriba en la rivalidad, la hostilidad y el mutuo hostigamiento en que se ve envuelto el individuo con otros organismos en su esfuerzo por sostener la lucha por la existencia en provecho suyo. La competencia es, pues, el elemento social y el que genera la organización de la sociedad

El otro fundador del darwinismo social, Ludwig Gomplowicz basará su pensamiento en el pesimismo antropológico del autor del Leviathan y de la famosa afirmación “el hombre es un lobo para el hombre”, Thomas Hobbes (1588-1679). Su doctrina es totalmente inaccesible a la dimensión espiritual y ética del hombre pues reduce toda la actividad humana a la consecución de intereses materiales, calificando de ingenuo todo planteamiento que se apoye en la Moral o en el Derecho, valores que consideraba ilusorios. Para Gomplowicz la única verdad es la lucha a muerte por la existencia en la que debe primar la fuerza del Estado y de las clases fuertes sobre las débiles.[2]

En conclusión, este antiestatalismo procapitalista es en la práctica un superestatalismo de tomo de lomo. Al anarcocapitalismo le sucede lo mismo que al socialismo de Estado pero a la inversa: el anticapitalismo proestatal que termina siendo una dictadura hipercapitalista.

La libertad sólo se encuentra en un anticapitalismo antiestatal. La libertad si no es con los demás no debe ser llamado anarquismo. La libertad sin humanismo es tiranía. El individualismo extremo no es más que una patología social y emocional burguesa. Lo único legitimado para llamarse libertario es un sistema de concejo abierto completamente soberano que funcione a través de unas normas autoelaboradas. Un sistema que otorgue máxima importancia a los vínculos comunitarios, tanto familiares como vecinales, para desplegar formas de apoyo mutuo generalizadas y maneras autogestionadas de seguridad social.

Un sistema  que comunalice los principales medios de producción pero que respete la pequeña propiedad (propiedad privada no absoluta sino sometida a la servidumbre del bien comunitario).

Un sistema no representativo de toma de decisiones fundado en portavocías instituidas de un mandato imperativo asambleario. Un sistema que asuma la responsabilidad de la autogestión de la seguridad a través de milicias populares y no de ejércitos con jerarquías estatales deshumanizantes. Necesitamos una transformación integral ruralista y autogestionaria.

Llamarse ostentosamente “libertarismo” es un intento de dar dignidad a algo que es un fascismo de tomo y lomo. La dictadura de los ricos y pudientes. Un pensamiento a ras de suelo.

Quien ha impuesto el liberalismo en nuestra península ha sido el Ejército español, la espina dorsal del Estado. El lamentable capitalismo nos lo han traído los militares Espartero, Narváez, O´Donnell, Prim, Serrano o Franco, el último espadón liberal.

 

                                                           Enrique Bardají Cruz a 27 de octubre de 2020.

                                                                     En Aragüés del Puerto, Pirineo Occidental

Colectivo Amor y Falcata.

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[1]“La nueva razón del mundo” Christian Laval y Pierre Dardot.

[2]“Atlas del pensamiento universal” Heleno Saña.

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