Viernes, 31 Julio 2020 15:39

PONENCIA: Transhumanismo, control social y tecnovigilancia. Amenazas del futuro

Escrito por  Esperteyu
Valora este artículo
(1 Voto)

 Se nos ha pedido a los ponentes de este evento acogernos a cierta brevedad en nuestras exposiciones, así como contribuir al acervo teórico-práctico de la revolución integral por medio de análisis de índole propositiva. Confieso que mi capacidad de síntesis deja mucho que desear, pero aún así intentaré ceñirme lo más posible a las exigencias del guion.

Para una mayor claridad, el presente texto estará dividido en 2 partes; una dedicada al transhumanismo y otra, de manera más genérica, al despliegue de tecnologías de control social. En cada uno de los apartados intentaré proporcionar una semblanza lo más precisa posible sobre la definición, características y ejemplos concretos tanto del transhumanismo como de la tecnocracia-policía del (no tan lejano) futuro. Finalmente, en un tercer epígrafe dedicado a las conclusiones, añadiré mis propias ideas acerca de la aproximación táctico-estratégica que la amenaza en ciernes merecería; siempre desde mi propia visión individual necesariamente limitada.

TRANSHUMANISMO

Se conoce a través de tal concepto la emergencia, en los últimos años, de un movimiento intelectual altamente tecnófilo cuyos partidarios defienden un supuesto mejoramiento de la especie mediante una aplicación sin paliativos de la tecnología al propio cuerpo o cerebro humanos. El objetivo de trascender las limitaciones del ser biológico-cultural humano a través de la fusión física y mental con la máquina es visto como una necesidad, incluso como un deber moral, por quienes profesan este ideario. Para lograr tal objetivo se defiende el derecho individual a hacerse implantes en el propio cuerpo, a depositar la memoria de toda una vida en un disco duro que garantice su perdurabilidad eterna, o a hacer uso de órganos de recambio fácilmente transplantables cada vez que uno de los que vengan “de serie” con el propio organismo de nacimiento comiencen a dar señales de desgaste o mal funcionamiento.

El transhumanismo promueve, en suma, la supuesta “libertad” (desde un punto de vista netamente liberal-filocapitalista) de aplicarse a uno mismo los avances tecnológicos para incrementar las propias habilidades, rebasar los límites naturales de los órganos y sentidos meramente biológicos, auto-mejorarse por vía tecnológica, adquirir algo así como “super-capacidades” e incluso conquistar la lo que Yuval Noah Harari en sus dos obras “Sapiens” y “Homo Deus” ha definido como AMORTALIDAD[1].

A través de una fe ciega en el “progreso”, se nos vende una utopía tecnocrática en donde la enfermedad, el sufrimiento, la violencia, los problemas político-sociales o el propio envejecimiento natural se convertirían en meras reliquias del pasado a golpe de prótesis high-tech. Bastaría un pequeño chip cerebral para disponer en el propio encéfalo del interesado de todas las obras de una biblioteca, por ejemplo, o para recibir llamadas telefónicas, ver películas, detectar las variaciones del tiempo atmosférico, etc. También se busca la potenciación de los sentidos o de las capacidades físicas e intelectuales más allá de lo que un cuerpo o cerebro no modificados puedan realizar (super-memoria, aprendizaje acelerado de destrezas mediante implantes, fuerza, agilidad o resistencia físicas aumentadas, etc.)

Para Nick Bostrom, presidente de la WTA (World Transhumanist Association)[2], el proyecto de trascender la carne y el hueso hacia un futuro teóricamente mejor pasaría por dos fases. La primera, sería la fase transhumanista propiamente dicha, y vendría a constituir una especie de transición imperfecta que comprendería la transformación paulatina del ser humano en “algo más”. Dentro de dicho estadio tendrían lugar, en un futuro no muy lejano, el desarrollo de capacidades físicas e intelectuales superiores a las de un individuo normal. En una segunda fase, definida como “posthumana”, se daría por concluida dicha transición al alcanzar como mínimo los siguientes objetivos fundamentales:

  1. Un incremento de la esperanza de vida hasta los 500 años.
  2. Capacidades físicas y cognitivas de índole superior plenamente consolidadas y
  3. Un absoluto control sobre los sentidos y los impulsos sin efecto psicológico colateral alguno.

Siguiendo a Héctor A. Palma, autor del libro “Mejoramiento genético en humanos: de la eugenesia al transhumanismo”[3] se podrían establecer tres ejes estratégicos concomitantes a la agenda política del “enhancement”[4] transhumanista: superinteligencia, superbienestar y superlongevidad. Según palabras del mentado filósofo de la ciencia y escritor argentino:

“La “superinteligencia” se basaría en la superación radical de las capacidades del cerebro humano en sus aspectos más diversos (creatividad, habilidades sociales, memoria, concentración, etc.) mediante la farmacología de mejora cognitiva, pero también mediante herramientas informáticas como por ejemplo computadoras portátiles, dispositivos smart como teléfonos móviles, biosensores implantados, tatuajes biométricos, sistemas de filtrado de la información, software de visualización, interfaces neuronales o implantes cerebrales y, en suma, todos los desarrollos de la llamada Inteligencia Artificial (en adelante IA). Los más optimistas y osados preanuncian la posibilidad de volcar los contenidos cerebrales en dispositivos electrónicos.

El “superbienestar” radica en tener vidas más saludables, cómodas y felices con el uso de tecnologías biomédicas y farmacológicas como algunas que ya están en uso y otras que seguramente aparecerán: medicina personalizada, fármacos nano-transportados, medicina regenerativa, terapias génicas, etc.

Finalmente, la “superlongevidad” presupone no solo que la vida se alargará mucho más sino también que los humanos tenemos el derecho de elegir cómo morir y cuándo. Aquí también, algunos anuncian sin mucho pudor epistémico que se lograría, quizá, la inmortalidad.

En el fondo, el transhumanismo sería una forma de intervenir y modificar la propia evolución. Sería el primer y único caso –al menos hasta donde sabemos y en el planeta Tierra- en que una especie animal puede hacer esto, con el agregado de que, sostienen algunos de sus defensores, se trataría de una obligación moral hacerlo, porque es un deber eliminar o disminuir el sufrimiento y aprovechar al máximo las posibilidades naturales y artificiales disponibles y futuras”.

A nivel metodológico, huelga decir que la agenda transhumanista contará con la anuencia de parte del complejo científico-militar a la par que con el apoyo de los más granados avances técnicos de nuestra era. Según algunos estudiosos del tema[5], la secuencia lógica de desarrollo futuro de las realizaciones transhumanas, teniendo en cuenta el estado de la cuestión en la actualidad y sus previsiones de ulterior avance a medio-largo plazo, sería la siguiente:

  • En un primer momento se tenderá a promocionar la aplicación de técnicas eugenésicas prenatales a embriones con el propósito de eliminar “imperfecciones” en la medida de lo posible. Ya algunas posiciones dentro de este movimiento defienden fervientemente la aplicación indiscriminada del aborto, así como la selección de embriones sanos en detrimento de los que presenten patologías. Estos últimos podrían ser eliminados sin mayor dilación ni lamento alguno. En algunos casos extremos se ha llegado a flirtear con la idea de un” infanticidio neonatal” de discapacitados (ya nacidos) como fundamental y necesario. Este último sería el caso de los autores Alberto Giubilini y Francesca Minerva en su polémico artículo “After-birth abortion: why should the baby live?

https://jme.bmj.com/content/medethics/early/2012/03/01/medethics-2011-100411.full.pdf

  • A partir de cierto momento se pasaría a recurrir a la nanotecnología molecular, es decir, a la inserción de microchips o implantes en el cuerpo destinados a mejorar las capacidades intelectuales o físicas del mismo. En referencia a este aspecto, se defiende la necesidad de trascender un uso meramente terapéutico[6] de estos procedimientos para pasar a un estadio superior de creación de algo así como “superpoderes”. A todo lo anterior, se le añadiría además la aparición de fármacos destinados no solo al tratamiento de algunas dolencias físicas o psíquicas, sino también a proporcionar un bienestar eterno e imperturbable a todos los niveles. De este modo se pretende poner fin tanto a la depresión como a los diferentes tipos de estados hoy englobados bajo el genérico y vulgar término “locura” o a los achaques de la edad. Incluso se pretende alcanzar la posibilidad de alterar la personalidad mediante la administración de píldoras, amén de incrementar las capacidades mnemotécnicas, los reflejos o el vigor físico del sujeto hasta límites hoy impensables. Habilidades como aprender un idioma, los entresijos de una ciencia, matemáticas, música, historia, filosofía o habilidades físicas tales que artes marciales o correr los 100 metros lisos en menos tiempo que Usain Bolt[7] estarían al alcance de cualquiera dispuesto a incrustarse el correspondiente implante en sus carnes (y a pagar por ello, cuestión esta que, sospechamos, no estaría al alcance de muchos)[8]
  • Ya en su última fase cercana al horizonte “posthumano”, se daría la superación de la propia muerte, o al menos la prolongación de la vida (despojada de las dolencias y limitaciones típicas de la vejez) más allá de la centuria o varias centurias de duración. Y ya si se diese el caso de que la muerte no fuese del todo superable, también se contemplaría una especie de inmortalidad en diferido garantizada por el almacenamiento de las memorias y aprendizajes vividos en un soporte digital que las haría perdurar de manera indefinida tras el propio fallecimiento.

Una insoportable ingenuidad tecnófila

Lo primero que salta a la vista en el discurso transhumanista es la ingenuidad de sus expectativas acerca del desarrollo tecno-científico tanto en un futuro próximo como en sus más visibles (y nocivos) resultados históricos. Se prescinde así del más mínimo atisbo crítico hacia la complicidad de la investigación y la ingeniería con el sistema de dominación imperante. Como por arte de magia, se corre un tupido velo, o mejor, se ignora flagrantemente cualquier aspecto negativo que ensucie la cristalina e irreal concepción de la tecnología y sus bases teóricas como fruto de un saber objetivo y bondadoso ajeno a los intereses de los mandamases. El nefasto papel de los poderes económicos y militares más desalmados, principales financiadores y orientadores de la práctica científica simplemente no merece la atención de estos entusiastas del implante. Bien pareciera que para los soñadores de la utopía “cyborg” semejante eventualidad no constituyese más que un pequeño bache en el camino. Siempre susceptible, por supuesto de soluciones dentro del propio esquema estatal-capitalista, es decir, de pequeños arreglos burocrático-cosméticos. La técnica y los tecnicismos como la única solución a todo.

Todo lo anterior hunde sus raíces en una fatalista pérdida de esperanza en las soluciones políticas y culturales a los problemas más acuciantes de la humanidad. El fracaso de las vías revolucionarias más recientes, la inoperancia y corrupción inherente a los regímenes parlamentarios, el fantasma del totalitarismo asomando de nuevo el hocico en ciertas latitudes, etc. parecen haber dado lugar a un desánimo generalizado frente al cual la técnica se yergue como el único depositario de la razón y la esperanza de cambio en positivo. Los transhumanistas, cuya filosofía se revela claramente como heredera de las más simplistas tradiciones del pensamiento filosófico anglosajón[9], chapotean a gusto en este magma y encuentran en él sus más cómodas justificaciones. ¿Catástrofes nucleares, industria armamentística, el terror atómico de la Guerra Fría, devastación medioambiental galopante, reducción del individuo humano a la condición de mero eunuco urbanita dependiente a perpetuidad de gestores y expertos?... Nada de esto parece sugerir al transhumanista siquiera un mínimo motivo para replantearse sus postulados. Toda la maquinaria que en su día prometió liberarnos para siempre jamás del penar laboral no ha hecho más que generar paro, contaminación, nuevas enfermedades y nuevos “empleos” absurdos e inservibles, pero ni esto les convence.

Asimismo, la más que probable aparición de castas sociales bajo criterios cibernéticos y en función de qué grupos puedan pagar por estas “mejoras”, o los aterradores usos que la institución militar[10] podría dar a la técnica de “enhancement” posthumano, tampoco parecen ser motivo de preocupación. La desconfianza en la naturaleza humana de estos militantes, si bien comprensible, no alcanza a verse aplicada a sus juguetitos y fetiches particulares. El ser humano es imperfecto, agresivo, excesivamente emocional, gregario… pero por alguna razón inexplicable, sí conseguirá hacer las cosas como es debido en todo lo relativo a trascender su propia condición por medios técnicos. Los “malos usos” dados a la ciencia durante los últimos 200 años no afectarán al desarrollo de la posthumanidad; esta vez, las cosas se harán bien, parece repetir como un mantra el transhumanista. Las tendencias humanas más detestables, no afectarán al sueño de los organismos cibernéticos dado que, mediante algún truco de prestidigitación lógica, los líderes de la política, el ejército y la gran empresa parecen escapar inexplicablemente a la malignidad atávica del humano estándar. Incluso ahora, cuando los militares ya están siendo los primeros en “meterle mano” a la tecnología de “mejoramiento” humano con propósitos liberticidas y letales nada halagüeños. Uno no sabe bien si calificar esta actitud como ingenuidad, desfachatez o pura y simple estupidez.

Si la simpleza axiológica y filosófica transhumanista necesita de un flagrante ejercicio de desmemoria histórica selectiva, también precisa, para seguir habitando su ilusoria burbuja, de una renuncia a valores humanos fundamentales. El hedonismo más irresponsable y el énfasis en la comodidad y el eterno bienestar forman parte intrínseca de una cosmovisión enfermiza que pretende eliminar el esfuerzo por aprender o cuidarse para fiarlo todo a un “quita y pon” de chips cerebrales u órganos de recambio.

La inmensa mayoría del utillaje tecnológico que posibilitaría la agenda transhumanista no se encuentra disponible aún a día de hoy. No obstante, no deberíamos confiarnos, dado que va camino de ir desarrollándose a buen ritmo en las décadas venideras, haciéndose cada vez más atractivas ante el público al que su propaganda va normalmente dirigida: niños, adolescentes y jóvenes. Los principales consumidores de pantallas, videojuegos y cómics de superhéroes. 

Y ya para finalizar el presente apartado, hacer notar dos manifestaciones culturales que en cierta medida proporcionan soporte y base teórica al transhumanismo, o al menos se relacionan con él. En el ámbito del arte, por ejemplo, esa tendencia al desencanto con la propia humanidad, así como el deseo de trascenderla motivado por el hastío existencial de la postmodernidad puede rastrearse fácilmente en el mundillo del tatuaje y los implantes por motivos estéticos. No resulta en ningún modo casual el auge experimentado por la escena del “arte corporal” y las versiones más extremas del “piercing”, muchas de las cuales contemplan la deformación voluntaria del cuerpo para ponerse “cuernos” artificiales, hacerse una lengua de serpiente, etc.

¿Y qué decir del postmodernismo y la teoría “Queer” y su desembarco en los ámbitos “progres” e incluso libertarios? Sin duda alguna, el constructivismo social radical y el rechazo visceral de cualquier realidad biológica, fomentadoras de toda una miríada de ideologías “identitarias” han dado alas a los precursores del transhumanismo. A fin de cuentas, si todo el mundo puede ser virtualmente lo que quiera, y absolutamente todo es una construcción social, ¿quién puede impedir a nadie convertirse en un cyborg si ese es su deseo? ¿Por qué limitar la cirugía de remodelación a casos concretos y plenamente justificados como el de la transexualidad y no hacerla extensiva al capricho de cada cual? Si a cirugía estética, orientada inicialmente a las necesidades de individuos accidentados o con deformidades congénitas puede verse empleada hoy con lo más frívolos propósitos estéticos (tetas de silicona, etc.) ¿por qué no puede esto suceder con las “mejoras” nanotecnológicas para los sentidos, el cuerpo y la mente humanas?   

El ser humano actual, degradado y sumido en la más absoluta insignificancia, no puede más que recibir con agrado este mensaje, dado que reúne todos los ingredientes del éxito postmoderno: consecución de ventajas y poder personal sin esfuerzo alguno.

CONTROL SOCIAL TECNIFICADO Y VIDEOVIGILANCIA 

Si bien el catálogo de insensateces derivado del despliegue febril de medios técnicos al servicio del estado y la dominación capitalista halla su expresión más extrema en el “frikismo” transhumanista, otros aspectos más prosaicos de la misma no deberían pasarnos inadvertidos. Todos nos hemos habituado a vivir con un carnet de identidad, por ejemplo, cuyo número habremos memorizado para ahorrarnos el gesto de sacarlo de la cartera cada vez que hagamos una gestión. También nos hemos acostumbrado con inquietante facilidad a un paisaje urbano repleto de videocámaras por doquier “por nuestra seguridad”. El colmo de la desvergüenza y la sumisión lo podemos encontrar en esas pegatinas del metro y algunas redes de transporte público invitándonos a sonreír ante la eventualidad de que “más de 1000 cámaras velan por nosotros”.

Con la actual pandemia de coronavirus, ha irrumpido en el debate público cierta indignación ciudadana en relación a la instalación de antenas 5G. Lo cierto es que, aún reconociendo la legitimidad de tal reacción, y haciendo una buena criba de las muchas tonterías que se han dicho al respecto en incontables vídeos de YouTube, la crítica al 5G se queda muy corta. Principalmente, es un asunto que llega tarde, y que tiende a ser utilizado para espolear debates incompletos que dejan fuera muchas cuestiones y que hacen gala de una demasiado recurrente ahistoricidad. El inmediatismo de las redes promueve lo efímero y contribuye a exorcizar de los debates cualquier veleidad de análisis histórico-filosófico con un mínimo de calado.

A este respecto haríamos bien en recordar que allá por el 2001, la primera videocámara callejera de Barcelona fue instalada nada más ni nada menos que en la Plaza George Orwell de dicha ciudad; gesto simbólico donde los haya (uno se pregunta si no lo habrían hecho a posta) que en su momento pasó bastante inadvertido pero que inauguraba toda una nueva era. Pocos se inquietaron ante aquella pequeña avanzadilla. Eran los años de las más ficticias que reales “vacas gordas” del Aznarato, una época irresponsable y arrogante en la cual la mayoría de la población aún se despachaba a gusto con afirmaciones del tipo “yo paso de política”, “a mí la política no me afecta porque voy a mi bola”, “todo es depende del cristal con que lo mires”, etc. Era necesario entonces rebuscar en la prensa marginal-alternativa de algunos grupos extraparlamentarios o hasta en fanzines punkarras para encontrar algún tipo de voz disidente. No viene mal tampoco recordar que una ciudad como Londres, lleva más de 20 años atestada de cámaras de videovigilancia en cualquier esquina sin que a nadie se le hayan caído los anillos. Hablamos de la capital de la patria de nuestro querido Eric Arthur Blair. 

Hoy el escenario internacional de competencia cada vez más agudizada entre estados, y consolidación omnímoda de la metástasis capitalista, con su énfasis esquizofrénico en el crecimiento sin final ni consideración alguna hacia las bases biológicas del planeta, va imponiendo la necesidad de un creciente disciplinamiento de la población civil. En tal sentido, China, potencia emergente, marca el camino de la gestión social verdaderamente eficiente desde el punto de vista de la dominación más perfeccionada. La gran diferencia entre las dictaduras de facto y las que ocultan su faz tras la pantomima parlamentaria estriba en las formas. Las primeras pueden imponer los deseos y pareceres de los mandamases de forma más directa, inmediata, eficaz, en suma. Las segundas necesitan mantener el espejismo de una libertad que no es tal e ir introduciendo medidas “por el bien” de los dominados con la mayor sutileza; no vaya a ser que se les revuelva el gallinero.  Y nada mejor para endulzar la píldora que las sempiternas excusas de la seguridad, el pánico moral de toda la vida, el sensacionalismo periodístico sobre crímenes truculentos o las amenazas a la salud, muy reales estas últimas, pero también muy sibilinamente instrumentalizadas. En todo caso, la necesidad de seguirle el ritmo al gigante asiático en este aspecto de la gestión poblacional llevará muy previsiblemente a que las naciones parlamentaristas se vayan quitando cada vez más la careta y opten por implantar medidas autoritarias con un mayor grado de crudeza. Ahí tenemos la ley mordaza, por ejemplo.

Dentro del marco estratégico anteriormente descrito, no cabe duda de que la emergencia del COVID-19 como pandemia internacional se verá literalmente exprimida en todas sus posibilidades represivas. Personalmente no considero que la causa de la pandemia haya que ir a buscarla a maniobras de tipo conspirativo u otra clase de fenómenos extravagantes; a fin de cuentas, este tipo de explosiones patógenas han acompañado a la humanidad (al igual que el cáncer y otras enfermedades) desde épocas claramente precapitalistas e incluso pre-estatales. Jamás en la historia humana ha existido “Edad Dorada” alguna donde todo fuera paz, flores, amor libre, partos orgásmicos y salud de hierro. Ahora bien, ignorar la inmensa contribución del binomio estado-capitalismo a la etiología de muchas enfermedades actuales (incrementando enormemente el número de afectados y coadyuvando a originar otras nuevas) no constituiría sino un ejercicio de ceguera voluntarista y supina estupidez. Deforestación, expansión avasalladora de la agro-industria, macro-granjas, contaminación del aire, vertidos, residuos nucleares, etc. son evidencias demasiado omnipresentes como para ignorarlas; por más que su carácter tristemente recurrente haya generalizado el hábito de asumirlas como inevitables.

Anticipos de lo que viene 

A continuación, se expondrán algunos de los más relevantes “avances” en tecnología de control social, uso militar, etc. siquiera para ilustrar de manera gráfica la magnitud de aquello a lo que nos oponemos (vale decir el enemigo).

Ya se ha mencionado anteriormente como el énfasis excesivo en asuntos como el del 5G contribuye a oscurecer otros métodos de control quizá no tan espectaculares, pero no por ello carentes de importancia. A este respecto es curioso notar hasta que grado nos hemos habituado a la obligación de portar un carnet de identidad o un pasaporte so pena de sanción por no circular “debidamente documentados”. No cabe duda, además de que la aplicación de mejoras tecnológicas a este tipo de cédulas oficiales irá volviéndolas cada vez más efectivas. Así si todo lo que se puede extraer de las versiones actuales son los nombres, apellidos, dirección, fecha de nacimiento o datos familiares del portador o portadora, los modelos en fase de preparación a buen seguro incluirán un volumen de información sensiblemente mayor (expediente médico, antecedentes delictivos, etc.) A este respecto podemos citar los pasaportes biométricos, basados en la lectura de los rasgos físicos del titular (medidas del rostro, forma de andar, etc.) como manera de verificar si quien lo lleva es quien dice ser. El elemento fundamental de este pasaporte parece ser el chip RFID inserto entre sus páginas.

Por si el perfeccionamiento constante de una serie de instrumentos que en ocasiones podrían perderse o ser olvidados en casa nos parece poco, también se va generalizando la posibilidad de recurrir a implantes subcutáneos. Los primeros ejemplos de estos últimos se están empezando a dar, no podía ser de otra manera, en esos eriales de indiferencia, individualismo acérrimo y estado-pastor situados en la península escandinava. Allí ya empieza a haber idiotas (no se les puede llamar de otra manera) que aceptan gustosos un implante bajo la piel para utilizar el transporte público, acceder a la oficina o incluso a las claves de la fotocopiadora.

En un intento banal de justificar su tan servil como ingenua actitud, algunos entrevistados (en documentales, y vídeos varios) han aducido motivos de lo más pueril. Desde los clásicos olvidos o pérdidas de documentación oficial y tarjetas de identificación hasta la frivolidad de sentirse especiales al poder entrar en exclusivos garitos, clubs o discotecas sin tener que esperar cola[11]. En fin, cualquier estupidez puede contribuir a dar por buena una práctica indudablemente peligrosa desde el punto de vista social para cualquiera con dos dedos de frente. Ante tal despropósito, aunado a la futilidad de los motivos esgrimidos por los usuarios de implantes, el mito de esos hombres y mujeres superiores, poli-titulados con carreras y doctorados a cargo de su maravilloso estado-niñera se viene abajo como un castillo de naipes. Existe un vídeo de “YouTube” en el cual una joven sueca, al verse interpelada sobre los posibles riesgos de los implantes se defiende arguyendo que las mascotas también los llevan y no les pasa nada. Sobran comentarios.

https://www.youtube.com/watch?v=dl_gemn9a9E

Si lo analizamos bien, tiene todo el sentido del mundo que sea en aquellas latitudes donde la generalización del implante comience a hacer sus pinitos. A fin de cuentas, estamos hablando de una población avezada a confiar en el estado por mor de un despliegue de ventajas asistenciales que ha adquirido ya ribetes de leyenda. Los suecos, los noruegos, los daneses y los finlandeses confían en sus sistemas y no esperan nada malo de ellos; ni por la parte privada ni por la gubernamental. También debe tenerse en cuenta que estas naciones albergan un movimiento transhumanista y “biohacker” bastante extendido que promociona e incluso practica él mismo estas operaciones como forma de “rebelión”[12]. Parece ser que la posibilidad de acceder a un servicio médico inmediato merced a la tecnología subcutánea figura como reivindicación estrella de esta suerte de “cyberpunks” de escaparate. 

Sin embargo, estas avanzadillas del implante no se reducen tan solo a Escandinavia, sino que se han dado también en algunas empresas de Bélgica y de los EEUU, por citar un par de ejemplos. En el primer caso, los empleados de la firma de marketing digital “Newfusion”[13] accedieron voluntariamente en su mayoría, a la inserción. La excusa: uno de los empleados se olvidaba frecuentemente la tarjeta. La justificación del “jefazo” (un tal Vincent Nys): “Nadie está obligado. Se trata de un proyecto lúdico” ... “un iPhone es diez veces (más peligroso) que un chip”.  Al parecer un detalle tan minúsculo como el que un “I-phone” no se encuentre incrustado en las carnes de uno carece de importancia alguna para semejante eminencia. En el segundo caso, el de la empresa yankee de software para máquinas expendedoras “Three Square Market”[14], la incrustación “voluntaria” ha sido justificada simplemente como un modo más de “agilizar tareas”. Nótese como siempre es el culto a la eficacia bajo apariencias más o menos humanitarias lo que subyace en toda argumentación sobre la conveniencia de adoptar este tipo de medidas.

https://www.efe.com/efe/america/tecnologia/una-empresa-de-ee-uu-implantara-chips-a-sus-empleados-para-agilizar-tareas/20000036-3334676

https://www.lavanguardia.com/vida/20170204/414005211111/empresa-belga-newfusion-clip-trabajadores.html

En todo caso, para aquellos que no deseen ver su epidermis penetrada por cuerpos extraños “high tech”, quedará la posibilidad de utilizar implementos no invasivos. De este modo, la compañía belga anteriormente mencionada, permite a quienes se nieguen a llevar implante (pocos, dicho sea de paso) la alternativa de lucir un anillo que haría las veces de chip. Muchas plantas de “Amazon”, por su parte, obligan a sus empleados a ponerse una pulsera que les tendrá geolocalizados en todo momento. Cada vez más establecimientos como gimnasios, polideportivos, incluso cursillos del INEM, imponen la huella dactilar digital como método de entrada y registro de asistencia[15]. La generalización del pago electrónico volverá cada vez más difícil escapar del control financiero, esquivar multas injustas o declararse en huelga de alquileres, por ejemplo. Y en fin, la generalización del GPS ha contribuido a disciplinar a transportistas y taxistas, reduciendo aún más si cabe, toda posibilidad de escaqueo, huelga “de brazos caídos” o comportamiento ilegal. Al final lo más importante se mantiene, es decir, la obligatoriedad de aceptar una medida que incrementa sensiblemente el grado de control de empresas y estados sobre individuos y grupos. Y todo ello con la descorazonadora connivencia, rayana a la apología, de los propios trabajadores y de la población en general.

Una población que ha asumido con toda naturalidad la presencia cada vez más agobiante de cámaras de vigilancia en todo tipo de entornos urbanos y laborales. Una población que primero asistió impotente al espectáculo de ver como el tráfico rodado y los semáforos le arrebataban el espacio público de la calle para, acto seguido, dejarse filmar sumisamente con la excusa de la protección. La gente ya no valora el acceso a la gestión directa del espacio como una suerte de riqueza comunitaria, en gran medida debido a que el repliegue hacia la vida privada en el propio domicilio se ha impuesto por doquier. A esta desmemoria contribuye, además, no cabe duda, la constante remodelación del territorio a través de las obras y el hormigón. La crítica a este último aspecto se suele centrar siempre en las corruptelas y “pelotazos” inherentes al negocio inmobiliario, ignorando el aspecto más importante y gravoso de todo el asunto; la destrucción de la memoria. Con cada golpe de excavadora sobre un barrio, pueblo, bosque, monte o vecindario no se remueven y destruyen tan solo muros, piedras, ladrillos… sino también recuerdos de infancia, leyendas, hitos de la historia popular de la localidad afectada, lugares apreciados y con una elevada carga simbólica… esa es la clave de todo más allá del dinero[16]. Cuando por fin se ha conseguido vaciar el campo y encerrar a cada vez más gente en las principales megalópolis de cada país, el poder pasa a la siguiente fase, avanza un peldaño más hacia la consecución del control total. Y la desmemoria juega un papel fundamental en dicho proceso.

Pero volvamos a las videocámaras. Es bien sabido que estas últimas están a un paso de dejar de limitarse tan solo a filmar para pasar a extraer todo tipo de datos personales a través del reconocimiento facial y el “buceo” sistemático en la jungla digital del “Big Data”. Haría falta ser especialmente tonto para creerse que las tan cacareadas legislaciones sobre “protección de datos” tengan capacidad alguna para proteger a nadie y no constituyan ellas mismas una mera careta o incluso una forma más de control. Por lo pronto, la prensa ya ha anunciado la instalación de las primeras cámaras de reconocimiento facial en Madrid[17] cuidándose muy mucho de exhibir la indignación impostada con la que tratan el mismo tipo de noticias para China, por ejemplo.

Y es que aún será peor, puesto que cuando las cámaras adquieran movilidad y puedan volar por todas partes, no quedará, prácticamente ni un lugar donde esconderse. Y es que eso son básicamente los drones, dispositivos de videovigilancia móviles y voladores, cuya generalización para uso represivo cabe esperar a muy corto plazo.

Reflejar siquiera una fracción mínima de todo lo que se está cociendo a nivel de control social tecnificado llevaría una investigación y probablemente todo un libro en sí mismo. Es por eso que finalizaré aquí este breve repaso y pasaré a la exposición de las conclusiones finales y posibilidades de acción.    

CONCLUSIONES Y PROPUESTAS DE ACCIÓN

El discurso sobre “la ley y el orden”, la falacia de considerar legislación positiva y bien moral como la misma cosa o el ya clásico “quien la haga que la pague” han hecho un daño enorme[18]. A medida que gana terreno el discurso y el alcance del control estatal sobre la vida, se van diluyendo horizontes y valores otrora considerados por el pueblo como indispensables. La asunción del conflicto laboral, la huelga[19], el sabotaje, la violencia política, el apoyo mutuo, los códigos de honor individual basados en una “economía moral”[20] y la desconfianza hacia el poder como algo natural, por ejemplo, han ido cediendo terreno ante la indigna actitud individualista y servil de hoy[21]. El súbdito actual, creyéndose “ciudadano” e importante, desdeña el valor incalculable de cualquier zona opaca ajena al control del estado y desea él mismo taponar toda grieta. No llega a atisbar que es precisamente ahí donde a veces fermentan, se gestan y estallan los grandes cambios sociales, y cuando quiera despertar a dicha realidad será demasiado tarde, pues los ingenios a los cuales fio su propia “seguridad” serán ahora los encargados de “meterle en vereda” o anularle.

La lógica inmanente al discurso tecnocrático y tecno-securitario está clara. A partir de ahora, solo la tecnología y el más frío pragmatismo gozarán de legitimidad para introducir cambios o reformas significativas a nivel político, económico, cultural y social. La dictadura de la “Realpolitik”, el “experto” y la “inteligencia emocional” hace tiempo que comenzó.

Las excusas serán el orden, la lucha contra el crimen, la atención médica, la protección de segmentos poblacionales vulnerables... Mil y una veces se nos tratará de convencer de la inocuidad y fiabilidad de cada nuevo cachivache, pero son mentiras. Al final se podrán utilizar para lo que sea. No existe seguridad informática alguna frente al poder, y del mismo modo en que cualquier “hacker” puede acceder a todo tipo de informaciones, también es posible levantar un muro digital impenetrable a golpe de decreto autoritario. En China, por ejemplo, este cerco sobre el internet ha sido bautizado “The Great Firewal”[22]. Pesadillas distópicas similares al sistema de créditos sociales de dicho país se les presentarán cada vez más apetecibles a los gestores del estado-capital, mientras que en paralelo no parará de crecer el número de cretinos a quienes no les importe ser grabados a todas horas porque “si no la haces no tienes por qué pagarla”.

Como siempre, quienes tomen las decisiones, no seremos el pueblo, sino toda una cohorte de tecnócratas espoleados por los intereses de estados y mercados en competencia.

Esta y no otra es la situación. Vamos ahora con los pasos estratégicos para luchar contra ella:

  1. Necesidad de generar un contradiscurso y difundirlo por todos los medios disponibles, incluyendo las redes sociales. En lo relativo al transhumanismo debería hacerse hincapié en la fatuidad del tecno-optimismo que le es inherente y en su estrechez de miras filosófica. Sobre este último aspecto convendría enfatizar el excesivo materialismo de estos autores (el ser humano reducido a su cerebro y sus genes) para poner en valor la riqueza de los aspectos inmateriales y axiológicos del acervo cultural de nuestra especie. Todo ello sin caer en el extremo de un rechazo pueril de la materialidad y huyendo de toda veleidad “New Age”, mística o pseudo-religiosa. En lo tocante a la videovigilancia y el control tecnológico se hace también imperativo poner el acento en cuestiones como la libertad personal, la dignidad colectiva e individual y el valor cognitivo-cultural-espiritual de los lugares y el espacio más allá de su potencial uso urbanístico o como fuente de recursos. Todo ello, vuelvo a repetir, sin caer en el rechazo total de los condicionantes materiales de la existencia humana, en “frikismos” espiritualistas, etc.
  2. La juventud como destinataria estratégica principal del contradiscurso: no en vano es esta parte de la población la principal receptora del mensaje del entusiasmo tecnocientífico. El “bombardeo” sobre niños y adolescentes está por todas partes (incluyendo el propio sistema educativo) y goza de gran aceptación (toda madre o padre quiere que su hijo estudie “algo con salida” para “ser alguien” el día de mañana). La fantasía infantil y la ingenuidad propia de la “edad del pavo” permiten la asunción acrítica de todo el discurso tecnocrático mediante las pantallitas, el móvil, los videojuegos, series televisivas apologéticas como “Big Bang Theory” y “Years and Years” o los cómics de superhéroes.
  3. Repensar a nivel interno la relación entre el proyecto de Revolución Integral, la ciencia y la tecnología. No debería caerse en una negación de la validez del método científico o en un absurdo primitivismo como reacción extrema ante la evidente complicidad de los técnicos con el estado y el capital. Hacen falta estudios éticos y empíricos sobre qué técnicas actuales podrían ser susceptibles de adaptación a la realidad de una sociedad autogestionaria. En particular, la medicina, la agronomía, la ecología, y ciertas ingenierías revestirían particular interés, aunque en última instancia todo el conocimiento científico deberá ser pasado por la criba. Por otra parte, las posibilidades terapéuticas de gran parte de la técnica actual son innegables, aún a riesgo de verse empleadas para la consecución de fines transhumanistas. ¿Cuáles de entre de estas técnicas, capaces por ejemplo de devolver la visión a un invidente, por citar tan solo un ejemplo de entre los más manidos, deberían ser mantenidas y cuáles destruidas?

¿Dónde fijamos el límite y bajo qué criterios?[23] 

  1. Familiarizarse con los aparatos, “destriparlos” y estudiarlos para averiguar cómo se pueden sabotear, desviar para uso propio o destruir aquellos más inmediatamente amenazantes y nocivos. Si queremos combatir la dictadura tecnocrática en ciernes no nos queda más remedio que asumir el manejo de al menos parte de la maquinaria del enemigo. Ello no sería óbice para dejar de prestar atención a las habilidades humanas, como verdaderamente determinantes del éxito o fracaso de una lucha. Sin embargo, se ha traspasado cierto umbral de complejidad que ha vuelto obsoletas bastantes metodologías del pasado. Pensemos por ejemplo cómo podría esconderse un grupo de maquis entre la maleza o en la oscuridad si los soldados del estado van equipados con sensores de calor y gafas de visión nocturna… Sería interesante entonces desarrollar cierto interés por la cultura “hacker”, “biohacker” y “maker” de cara a aprender como aprovechar las facetas positivas de la tecnología a la par que la volvemos en contra del enemigo y destruimos la que no sirva.
  2. Elaboración de una tabla de exigencias respecto a la amenaza tecnocrática. En ella debería figurar como reivindicación más prominente la de una moratoria a la tecnología mientras dure el debate popular al respecto, el cual se desarrollaría por medio de la discusión pública en concejos abiertos locales y federados entre sí. El pueblo debe tener la última palabra, no los gobiernos, los ingenieros o los gabinetes de las grandes corporaciones. Para que este tipo de decisiones se pudiesen llevar a cabo con responsabilidad, haría falta promover la autoconstrucción ética, axiológica e intelectual del individuo, el retorno a una economía moral de base popular y una visión analítica lo más objetiva posible de la tecnología (y muchos otros temas), no empañada por flipaduras conspiranoicas y frikismos postmodernos.
  3. Abandonar las tácticas del pasado basadas en la agitación y movilización de la masa. El estado de ignorancia, postración y alienación de la población en general es tan grande que se necesitará aún mucho tiempo para conseguir que una parte sustancial de la misma muestre receptividad al mensaje de la RI. La revolución futura debe estar basada en la autosegregación. Debe ser una revolución para los propios revolucionarios que acepten voluntariamente vivir de una manera distinta. Debe estar orientada a la creación de territorios independizados forzando a su reconocimiento por parte del enemigo. Debe incitar y soliviantar al resto de la gente mediante el aprendizaje vicario y el ejemplo práctico. 
  4. De empeorar dramáticamente la situación en los años venideros, es posible que se vaya haciendo progresivamente imperativo el recurso a métodos contundentes e incluso violentos. Sabotaje y destrucción de maquinaria, amenaza, secuestro o eliminación física de responsables directos de la implementación de medidas tecno-dictatoriales, etc. A este respecto, la exitosa lucha contra la central nuclear de Lemóniz en el Euskadi de los años 80 proporciona un ejemplo digno de estudio y profundización. 

Epílogo: Pequeños apuntes en torno al COVID-19

Me gustaría dejar bien claro que mi actitud hacia la medicina científica o las vacunas, si bien crítica, no es ni por asomo de rechazo absoluto o de oposición al método científico a la hora de decidir sobre salud. Considero que lo importante de verdad de cara al futuro, más que la causa SARS-COV-2, son las repercusiones y el uso cínico que el poder hará de este fenómeno. También creo que lo verdaderamente molesto de todo el tema de la mascarilla, las vacunas, los tratamientos, etc. no reside en la mayor o menor eficacia de dichas medidas, sino en el hecho de no haber sido decididas, rechazadas o asumidas por una población consciente, culta y autogestionada; de ser una imposición del estado. Un estado que aprovechará la coyuntura sanitaria, sea cual sea el origen de la enfermedad, para incrementar ostensiblemente su capacidad de dominio y fiscalización de la vida.

En todo caso, considero obligado que nos interroguemos, a modo de autocrítica, sobre las razones que han llevado a esta situación. Así pues, dada la correlación de fuerzas y lo inesperado de la situación, ¿cabía esperar otro resultado que no fuera el monopolio estatal sobre la gestión de la crisis? ¿qué otra alternativa organizada podría haberle servido de contrapeso u oposición? ¿qué características debería reunir esta última si al final nos decidiésemos a crearla? ¿cómo, y bajo qué criterios enfrentaría la parte médico-científica de la situación? ¿qué modelo médico propondría como alternativa autogestionaria, descentralizada y no capitalista más allá de las consabidas y ya demasiado tópicas (e insuficientes) recomendaciones de herboristería, ejercicio, buena dieta y terapias alternativas?

Las dos últimas cuestiones no son baladí, y en mi opinión se revelan como altamente complejas. Existe, a mi juicio una cierta tendencia a favorecer visiones y teorías que de alguna manera sirven más para sancionar lo que nosotros pensamos que para buscar la verdad de los hechos. Podría ser que el empleo recurrente de la trampa lógica del sesgo por confirmación nos estuviese llevando a favorecer puntos de vista que, si bien nos agradan y tranquilizan más por encajar mejor en nuestra propia concepción del mundo, no tienen por qué ser necesariamente ciertas. Así, la aceptación incondicional del rechazo a la teoría del contagio, el énfasis en el papel benéfico de los virus minimizando su faceta patógena, el asunto de los “exosomas”, la indignación anti-mascarilla, la demonización de la teoría de la vacunación en sí más allá de su aprovechamiento ilegítimo por parte de la industria farmacéutica o la publicitación  de remedios naturales supuestamente capaces de acabar con enfermedades en tiempos récord, se erigen más como constatación forzada de los propios deseos que como argumentos de peso para un debate honesto. Todo ello acompañado, por supuesto, de un constante torpedeo más o menos intenso hacia lo que se ha dado en llamar medicina alopática.

Si la discusión girase en torno a cuestiones como la reducción del tráfico rodado, la construcción de menos carreteras o la eliminación de muchas de ellas, y otros aspectos ineluctablemente nocivos de la técnica actual, resultaría mucho más fácil elucidar propuestas prácticas. Pero cuando lo que está en juego es la salud colectiva de poblaciones enteras, intuyo que debemos hilar mucho más fino y escoger con mucha cautela con qué y con quién nos asociamos. La industria farmacéutica es una mafia, cierto, pero en el lado de las terapias alternativas también pueden abundar estafadores de toda laya.

Con esto no pretendo acusar a nadie ni sembrar dudas acerca de la buena fe de ningún tipo de terapeuta. Deseo más bien promover un sano principio de precaución y escepticismo que tenga en cuenta que, por desgracia, las buenas intenciones en ocasiones pueden derivar en los más funestos escenarios. La influencia negativa de los pseudo-debates no se reduce tan solo al ámbito del posmodernismo de género, vegano-animalista y políticamente correcto en general. El COVID-19 ha motivado su expansión a nuevos nichos de visualización y “likes” “youtuberos” relacionados con el conspiracionismo, el supuesto origen de la enfermedad y el oportunismo político de ciertos grupos a la caza de adeptos. Se hace imperativo, por tanto, una gran exquisitez a la hora de seleccionar la información y trabajar con ella.

Entiendo que resulta muy tentador adjudicarle la presente pandemia un origen malévolo orquestado desde los escalafones más recónditos de algún poder en la sombra. Sin embargo, desde la perspectiva de lo que somos capaces de confirmar, la hipótesis de la conspiración tiene tantas posibilidades de ser cierta como la de que la enfermedad tenga causas naturales (coadyuvadas por la destrucción medioambiental inherente al par capital-estado). Lo importante aquí es que no nos hallamos en posesión de capacidad alguna para llegar a conclusiones firmes que desechen una teoría y demuestren la otra u otras. Damos palos de ciego porque la información está sesgada y no hay conocimiento suficiente para llegar a conclusiones firmes. Si la versión conspiranoica fuese cierta, no tendríamos manera de demostrarlo fehacientemente porque sería secreto de estado. Por otra parte, la versión de una etiología natural del coronavirus adolece de todas las limitaciones típicas de una enfermedad de nuevo cuño sobre la cual la medicina existente sabe poco. Ante una encrucijada de este jaez, lo más sensato, en mi opinión, sería escoger aquella explicación que, en caso de demostrarse que está errada, generaría los resultados menos catastróficos posibles. 

En resumidas cuentas: seamos precavidos.

 

Bibliografía de obras consultadas en busca de inspiración

Nota: Me he pasado por el arco del triunfo los estándares de referencia “Harvard” y otras tonterías universitarias.

LIBROS

  • “Un futuro sin porvenir. Por qué no hay que salvar la investigación científica”. Grupo Oblomoff. Ed: El Salmon.
  • “El Transhumanismo en 100 preguntas”. Manuel Sanlés. Ed: Nowtilus.
  • “Mejoramiento genético en humanos: de la eugenesia al transhumanismo”. Héctor H Palma. Ed: Teseo.
  • “Sapiens”. Yuval Noah Harari. Ed: Vintage.
  • “Homo Deus”. Yuval Noah Harari. Ed: Vintage.
  • “We have been harmonised. Life in China’s surveillance state). Kai Strittmatter. Ed: Old Street Publishing.

ARTÍCULOS

  • Bostrom, R. Roache, “Ethical Issues in Human Enhancement”
  • Giubilini, F. Minerva, “After-birth abortion: why should the baby live?
  • Postigo Solana. E, “Transhumanismo y post-humano: principios teóricos e implicaciones bioéticas.

PRENSA

https://www.lavanguardia.com/tecnologia/20040319/51262790196/una-discoteca-barcelonesa-implanta-el-primer-sistema-de-identificacion-bajo-la-piel.html

https://www.lavanguardia.com/vida/20170204/414005211111/empresa-belga-newfusion-clip-trabajadores.html

VÍDEOS

  • “The Matrix”, Neo: “ya sé Kung-Fu”

https://www.youtube.com/watch?v=Ow8MjwzLMIo

https://www.youtube.com/watch?v=dl_gemn9a9E

  • Implantes para los hinchas del “Tigre” (equipo de fútbol argentino)

https://www.youtube.com/watch?v=H8edbtmeIbM

  • Implantes y “chip party” para los trabajadores de la empresa “Three Square Market” de Wisconsin (EUA):

https://www.youtube.com/watch?v=uVfDHNzvdzI

https://www.youtube.com/watch?v=MRmo7TZr1SY

 

[1] Amortalidad sería la capacidad de vivir eternamente sin preocuparse de problema de salud o envejecimiento alguno, pero sin desarrollar invulnerabilidad a causas de muerte de origen traumático (caídas desde una altura, atropellos, accidentes de tráfico, aplastamientos, suicidio, etc.) 

[2] N. Bostrom, R. Roache, “Ethical Issues in Human Enhancement”

[3] Héctor H Palma; “Mejoramiento genético en humanos: de la eugenesia al transhumanismo”

[4] “Enhancement” o “improvement”: “Mejora” en inglés.

[5]  Elena Postigo Solana: “Transhumanismo y Post-humano: principios teóricos e implicaciones bioéticas” https://repositorioinstitucional.ceu.es/bitstream/10637/3694/2/EPostigotranshumanismo.pdf

[6] Hay que reconocer que las posibilidades de tratamiento abiertas por algunas de estas tecnologías son asombrosas y muy prometedoras. No en vano, las promesas de una medicina mejor suelen actuar de “gancho” con el que engatusar a la población para venderle cualquier técnica destinada en última instancia al control social. El que esto sea así no anula para nada la realidad de las posibles aplicaciones terapéuticas. El problema con el transhumanismo es que pretende ir más allá de todo esto y convertirlo poco menos que en un cuestión sometida a la “libertad” caprichosa de cada cual sin pensar en la complejidad del debate ni en ulteriores consecuencias.

[7] yhttps://www.youtube.com/watch?v=fhrNgXJ__n8

[8] https://www.youtube.com/watch?v=Ow8MjwzLMIo

[9] La tradición filosófica anglosajona suele caracterizarse por cierto simplismo y un elevado grado de pragmatismo utilitario. Suele mirar con cierto recelo a los clásicos y por supuesto, al marxismo o las fiolosofías o escuelas de pensamiento que contradigan la practicidad liberal o al materialismo darwinista. En palabras de Elena Postigo Solana, en su artículo “Transhumanismo y post-humano: principios teóricos e implicaciones bioéticas”: “los autores que sostienen la teoría transhumanista proceden, en su mayoría, de la tradición anglosajona y en muchos casos, prescinden completamente de las conquistas del pensamiento clásico como por ejemplo las de Aristóteles, Tomás de Aquino o Kant, pero también de algunos pensadores contemporáneos que se inspiran en los clásicos  como R. Spaeman, A. McIntyre, Nussbaum, Rcoeur, y otros”.

En el mismo texto, la autora afirma lo siguiente:

“Si se elimina el fundamento ontológico que hace que el hombre sea esencialmente distinto de otros seres vivos, se reduce al hombre a un ser material como son otros seres, se produce un igualitarismo ontológico cuantitativo, no de grado (somos solo más complejos que los animales o las máquinas u objetos superinteligentes, desde el punto de vista cuantitativo, pero nada más). En este caso, el concepto de dignidad humana queda expuesto a que se le atribuyan significados totalmente subjetivos (calidad de vida, capacidad de autonomía, etc.) e incluso se llega a considerar que debería ser eliminado del todo de la discusión sobre la antropología y la bioética (piénsese, en este sentido, en el debate acerca del concepto de “dignidad” reflejado en revistas de bioética, donde es a veces calificado como un concepto vacío e inútil) Con esto no queremos decir que estos factores como la calidad de vida y la autonomía, estrechamente relacionados con la dignidad humana, no sean importantes, sino que consideramos que su significado se deriva o es análogo de un concepto principal, que es el de la dignidad de la persona o de su valor intrínseco, que nace con la generación del ser humano y desaparece con su muerte.

“La dignidad es poseída desde el origen y el hombre la posee por ser hombre, o es concedida. En este segundo caso, ¿quién es el que la concede o la reconoce? En efecto, lo que está sucediendo es que la pérdida de la noción de dignidad humana como propiedad ontológica, y por tanto, con un valor intrínseco e irrenunciable de cada hombre, procede directamente la consecuencia de que la dignidad puede ser reconocida o no por las personas, por el poder tecnocrático o hasta el poder político”.

[10] El soldado yankee del futuro según el “Daily Mail” del 31 de julio de 2020: https://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article-7738669/US-Military-scientists-create-plan-cyborg-super-soldier-future.html

[11] La discoteca barcelonesa “Baja Beach Club”, ya cerrada, fue pionera en la política de acceso a sus instalaciones mediante microchip subcutáneo en una fecha tan temprana como el año 2004. https://www.lavanguardia.com/tecnologia/20040319/51262790196/una-discoteca-barcelonesa-implanta-el-primer-sistema-de-identificacion-bajo-la-piel.html 

[12] Aquí conviene aclarar que “biohacking” y transhumanismo, aunque relacionados, no son lo mismo. El primer término hace referencia a un movimiento que defiende y fomenta la utilización de las biociencias a nivel popular, al igual que los “hackers” informáticos. Hay biohackers contrarios al transhumanismo.

[14] https://videos.elmundo.es/v/0_z2si4vsm-una-empresa-belga-implanta-chips-a-sus-trabajadores?count=0

[14] https://www.youtube.com/watch?v=MRmo7TZr1SY

[15 Allá por el año 2015, quien esto escribe asistió a un cursillo del paro en el que era obligatoria la huella dactilar digital para justificar asistencia. Más recientemente, también fue socio de un gimnasio donde se utiliza dicho procedimiento como control de entrada y salida de clientes.

[16] Hay un país que destaca por hallarse actualmente inmerso en un proceso de construcción de mega-obras elefantiásico y que ha reconocido oficialmente la importancia del borrado de la memoria popular a través de la remodelación constante del espacio: China.

[17] Cámaras de reconocimiento facial en Madrid: https://elpais.com/ccaa/2019/11/26/madrid/1574801864_377093.html

[18] Véase por ejemplo como en el siguiente vídeo se justifica la utilización de implantes para controlar a los hinchas de un equipo de fútbol argentino: https://www.youtube.com/watch?v=H8edbtmeIbM Recordemos que las llamadas “barras bravas” de los estadios balompédicos “che” son fuente de constantes conflictos y disturbios. Pero por supuesto, la solución no se va a ir a buscar en la promoción de una mejora moral, en el combate contra la miseria material y la ignorancia o el desmantelamiento del deporte de masas como espectáculo embrutecedor. Los mismos que promueven el “pan y circo” futbolístico como válvula de escape de la frustración popular, muestran ahora su interés por una domesticación de este “desahogo colectivo” que les ahorre costes y problemas legales.

[19] El método de la huelga se encuentra hoy más domesticado que nunca. La imposición de su previa legalización, registro, y discurrir siempre “pacífico” la ha convertido poco menos que en una procesión inoperante e inútil. La huelga espontánea, agresiva, violenta si llega el caso y claramente disruptiva debe ser recuperada.

[20] Término acuñado por el historiador británico Edward H Thompson que hace referencia a la existencia de unos códigos de conducta y moralidad propiamente populares y opuestos a la lógica tanto del lucro capitalista como de la legislación estatal. Ver también “El Común Catalán” de David Algarra Bascón.

[21] Para muestra un botón. La huelga de cajeras de supermercado de diciembre de 2019 en Asturias tuvo como respuesta una contramanifestación de esquiroles pidiendo volver al tajo. Tan repugnante situación resulta inédita en un territorio de tanta solera combativa como el asturiano. Un signo más de los aciagos tiempos de estulticia por los que atravesamos.

[22] Juego de palabras basado en la denominación inglesa de la Gran Muralla China (The Great Wall). The Great Firewall es la configuración informática encargada de garantizar el control absoluto de los contenidos de la web por parte del estado chino. Asimismo, el nombre escogido para bautizar al “Gran Hermano” de la videovigilancia en aquel país no ha sido otro que el de “Proyecto Skynet”; en honor a las películas de “Terminator”.  https://es.wikipedia.org/wiki/Proyecto_Skynet

[23] Las cuestiones morales que surjan de aquí pueden ser bastante peliagudas. En principio, las bases éticas para mantener o desechar una tecnología serían la del respeto al individuo, la escala (sostenibilidad a nivel autogestionario y descentralizado) y el cuidado del entorno natural. Sin embargo, pudiera ser que algunas de las técnicas médicas actuales fuesen inasumibles para una sociedad como la que desea la RI. De ser así, estaríamos diciéndoles a muchos individuos con discapacidades o dolencias graves incurables esperanzadas por dichas tecnologías, que las potenciales soluciones a sus aflicciones no van a tener lugar y que no se continuará con la investigación al respecto. ¿Hasta qué punto sería lícito hacer esto? ¿Puede ser moralmente justificado en virtud del deseo o necesidad de la mayoría? Personalmente creo que sería muy frívolo intentar convencer a una persona así de que aceptase tal política recurriendo a la ética estoica de la revolución integral. Todo tiene sus limitaciones, incluido el pensamiento de FRM.

 Descargar texto completo

Una disculpa final: Siento la longitud de este trabajo. Lo he vuelto a hacer. Como ya advertí en los primeros párrafos, no soy hábil resumiendo. 

Espero que todo ello sirva a un buen propósito, de todos modos.

Salud.

 

Visto 116 veces Modificado por última vez en Sábado, 01 Agosto 2020 11:31
Inicia sesión para enviar comentarios