Jueves, 01 Junio 2017 18:37

La transformación de Monachil

Escrito por  Jesus
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Los resultados de la brega del ente estatal por liquidar el mundo rural peninsular en la contemporaneidad se harán evidentes a partir de la segunda mitad del siglo XX.

monachil

 

En las sociedades andaluzas se producirán fenómenos como la tecnificación y mecanización de los cultivos, la extensión del regadío y el desarrollo de la agricultura intensiva en invernaderos; la instauración en el medio rural de industrias agroalimentarias y de producción de insumos agrarios; la especialización turística, con la consecuente urbanización y terciarización de la economía; o la expansión del sistema de ciudades al espacio rural. 

‹‹Estudio antropológico de un proceso de transformación cultural. Poner Monachil en el mapa››, Pablo Palenzuela Chamorro y Javier Hernández Ramírez, analiza el cambio sociocultural de este municipio granadino en relación a lo apuntado arriba, comprendiendo desde los años cuarenta hasta los noventa del siglo pasado.

Monachil es una pequeña población de media montaña, situada en las estribaciones de Sierra Nevada y dentro de la zona de influencia de la ciudad de Granada.

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Hacia 1940 Monachil era ‹‹un municipio de base económica agropecuaria››. Las actividades agrícolas se realizaban en valles y mediante bancales, siendo los cultivos del cereal y de la patata los más importantes; asimismo era significativa la producción de aceitunas. Sierra Nevada fue definida como una ‹‹cordillera de campesinos››. El sector pastoril fue igualmente destacable, fundamentalmente debido al ganado menor ovino y caprino. La capital granadina era la receptora de los excedentes de tales actividades, así como los procedentes de las pequeñas industrias, que ‹‹aprovechaban recursos naturales del término municipal››.

Por tanto, existía una ‹‹profunda imbricación entre producción local y territorio››.

La aparcería y el arrendamiento como sistemas de tenencia de la tierra posibilitaban que las medianas y pequeñas explotaciones fueran numerosas, si bien ‹‹la propiedad jurídica de la tierra estaba concentrada en pocas manos››. Las familias jornaleras excluidas de tales regímenes de acceso a la tierra (algunas residían en cuevas) eran aproximadamente un tercio de la población total del municipio. La inscripción en el Padrón Municipal de Beneficencia, los trabajos de repoblación forestal o la emigración temporal constituyeron algunas de las vías de soporte para las economías maltrechas.

Es oportuno indicar la importancia que no sólo la pequeña propiedad tuvo en el sudeste peninsular sino también la colectiva. Así, los monachileros habían construido su identificación local a partir de ‹‹la consideración del territorio como comunal y exclusivo de los vecinos››. Las prácticas agrosilvopastoriles, de carácter familiar, se sustentaron además en la existencia de relaciones personales, intensas y frecuentes. Éstas, todavía mediado el siglo pasado, estrechaban ‹‹los vínculos de cooperación entre vecinos y atenuaban los conflictos derivados del desigual disfrute de los recursos locales››. La existencia de sistemas de ayuda mutua, fiestas de carácter comunal y otras formas de solidaridad reforzaban la ‹‹cohesión social››.

La construcción, la industria y los servicios, por el contrario, eran todavía sectores poco desarrollados.

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Los primeros años de la década de los sesenta marcarán un ‹‹claro cambio de la orientación económica del municipio››. Tendrá lugar una ‹‹triple especialización››: agropecuaria, residencial y turística.

 La primera, centrada en el núcleo Monachil-pueblo, orientará sus cultivos (judías verdes y cerezas) hacia la competitividad en el mercado, dando de lado a aquellos tradicionales; la ganadería irá convirtiéndose en una actividad de carácter residual (‹‹la venta de leche puerta a puerta fue lánguidamente desapareciendo››) ante el empuje de las centrales lecheras y la exigencia de garantías sanitarias. De otra parte, los aprovechamientos forestales (leña, esparto, plantas aromáticas…) ‹‹desaparecen como actividades importantes a fines de los años cincuenta››.

La segunda se desarrollará en el Barrio de la Vega, sobre todo en el monte Los Llanos, percibido por el vecindario como comunal. Suelo que de forestal pasará a ser urbano. Esta creación de viviendas ‹‹supone la culminación del proceso de mercantilización y privatización iniciado a mediados del siglo pasado [XIX] con los decretos desamortizadores››. Los monachileros lo vivirán como un expolio territorial. Dicha transformación propiciará también un ‹‹crecimiento vertiginoso›› del sector de la construcción. La política llevada a cabo favorecerá ‹‹claramente a los promotores urbanísticos, al capital especulativo y al desarrollo urbanístico acelerado››.

Y la tercera se concretará en la estación de esquí de Pradollano-Solynieve. Hasta la década de los años sesenta, ‹‹las actividades producidas tradicionales desarrollaban, a lo largo del ciclo anual, un uso estacional del territorio››. Así, la relación hombre/territorio en la sierra era ‹‹de baja intensidad››. A partir de entonces Sierra Nevada conformará uno de los lados del ‹‹triángulo turístico›› de la provincia de Granada, junto a la capital y la costa del sol granadina. Los monachileros perciben este caso como una usurpación de los recursos, de la riqueza generada en esta parte de su territorio; la operación fue ‹‹totalmente externalizada››. El desarrollismo franquista, al incluir la sierra en los planes urbanísticos, originó ‹‹al cabo de unos pocos años la contaminación del río Monachil››, del que antes se bebía, además de ‹‹la erosión de zonas con escasa cubierta vegetal›› debido a otras obras emprendidas. Posteriormente, en la década de los años ochenta, la Junta de Andalucía comprará ‹‹un gran número de acciones›› de la sociedad que gestionaba la estación; participarán también en su sostenimiento otras administraciones “públicas”, pero no por ello los fines se modificarán: ‹‹la urbanización-promoción de suelo urbano y la explotación de los medios mecánicos››. El ‹‹espectacular crecimiento›› del sector servicios desde finales de los sesenta no se ha producido entre los monachileros por la estación invernal, sino que la mayoría de los empleados en dicho sector trabaja en Granada. También la población femenina que labora en el servicio doméstico ha aumentado considerablemente.

La acción política de los ayuntamientos “democráticos” de Monachil no cuestionará el modelo desarrollista heredado del franquismo, más bien lo favorecerá.

La especialización económica y territorial originará ‹‹la percepción general de una clara diferenciación objetiva entre Monachil-pueblo y los otros dos núcleos poblacionales››. Con dos formas de ‹‹interacción social››: para una informante, ‹‹esto [Barrio de la Vega] está como más capital, la gente como más a lo suyo y allí [Monachil-pueblo] todo como en familia››.

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Las estrategias para la subsistencia se reorientarán entre los monachileros desde principios de los años sesenta. Aquéllas consistirán en una ‹‹diversificación de actividades›› (trabajo asalariado múltiple), una ‹‹pluralidad de bases económicas››1 (combinación de la explotación agrícola o ganadera con otras actividades. La persistencia en el cultivo de la tierra ‹‹significa mantener los vínculos de unión con sus raíces y con su pueblo››, además de una garantía ante situaciones precarias. Por ello, ‹‹los viejos se alarman ante los escasos conocimientos que los jóvenes tienen sobre la agricultura››) y ‹‹autoempleo›› (constitución de pequeñas y medianas empresas, cooperativas de trabajadores, o servicio doméstico).  

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Para los autores, las modificaciones operadas, tanto en la base material como en la identificación local, son achacables al ‹‹efecto de la intensificación de las relaciones capitalistas››.

Pero hay que señalar al Estado como sujeto agente número uno de la radical mudanza de las sociedades ibéricas en los últimos 250 años. El derecho positivo, los tributos, el adoctrinamiento, el salariado y las armas quebraron especialmente el modo de vida campesino.

1 Se ha de incluir entre ellas a las prestaciones asistenciales estatales, que durante las últimas décadas conocieron un auge por medio de la instauración del binomio PER-Subsidio, que sustituyó al Empleo Comunitario, con el PSOE en el gobierno. Para los jornaleros, el Estado fue siempre el aliado natural de los propietarios. La Guardia Civil reprimía cualquier acción que atentara contra la propiedad. Tras la Transición “democrática”, un proceso histórico en el que no hubo ruptura sino una reforma consensuada y dirigida por unas élites que negociaron “desde arriba” la permanencia de los “poderes fácticos”, se institucionalizarán y consolidarán las ayudas al desempleo, y el Estado se presentará ante el colectivo campesino con una nueva faz, la de benefactor. El Estado, los Ayuntamientos y el Patrón se convertirán en un “socio” imprescindible para el sector jornalero.  El primero otorgará la prestación, el segundo empleará a través del Plan de Empleo Rural, y el tercero facilitará las peonadas necesarias (aun sin realizar el trabajo) para el cobro del subsidio. Las estrategias de supervivencia ya no serán colectivas sino individuales o familiares. Además surgirán nuevas redes clientelares en torno a alcaldes (el PSOE alcanzó éxitos electorales en el medio rural), propietarios y otros. El Estado logró con estas medidas desviar la lucha de clases, evitar el antagonismo y el enfrentamiento directo, en un momento, los años ochenta, en el que el movimiento jornalero conoció un “resurgimiento” por varias razones que no señalaremos aquí. La estabilidad en la percepción del subsidio agrario desactivó las protestas, borró los horizontes reivindicativos de transformación social y consumó la disolución del campesinado. ‹‹La historia de Andalucía a debate. Volumen I. Campesinos y jornaleros››. Manuel González de Molina, editor.

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